viernes, 28 de agosto de 2015

Párvula mirada


Juntos, por las veredas de la normalidad.
aferrados a una mutua Fe,
guardemos en la párvula mirada
el sabor de lo cotidiano, logrando
despertar prisioneros de un perfume.
Sabiendo que algo de mí hay en ti,
con una risueña sonrisa generosa,
reclamando su dosis de picardías,
mostrando que la vida sigue su marcha
más allá de los encuentros y sueños
regalándonos un olor a esperanza.

Tipo raro el Coronel

Tipo raro ese que está ahí, casi apoyado en el paredón trasero de la Iglesia de Navarro, en la llanura bonaerense.
Morocho, pelo negro algo ondulado, peinado para atrás, ojos negros, profundos, patillas hasta por debajo de las orejas, parece sereno mientras conversa con su amigo Gregorio Araoz de Lamadrid.
La bosta que dejaron vaya a saber uno que animales, se le incrusta en la suela de las botas dentro de ese corral que está junto a la iglesia, pero solo le arranca un breve comentario: “Con peores mierdas he caminado”
Extraño para todo este Coronel de cuarenta y pico de años que se quita su chaqueta para que su amigo Gregorio se la entregue a su mujer junto a dos cartas, extraño hasta para llamarse Manuel Críspulo Bernabé, nombres con los que ese portugués Do Rego que fuera su padre lo bautizara.
Críspulo, el que tiene el pelo rizado, vaya nombre para un tipo exaltado, díscolo, indisciplinado, incansable bromista, impulsivo y temperamental, pero con un coraje y valentía inigualables a la hora en que las papas quemaban, en el campo de batalla.
Parece mentira que ese hombre que supo ser Gobernador dos veces, esté ahora allí, en esos corrales de Navarro, detrás de la Iglesia, intercambiando chaquetas con su amigo Gregorio.
Él, que trajo más de cuatro veces soldados chilenos a defender la Independencia, él que se condecoró con metralla en las Batallas de Amiraya, Sansana y Nazareno, él que por su carácter fue sancionado nada menos que por Belgrano y San Martín, él que fue exiliado y condenado pero siempre regresó para mostrarse arrogante e irónico, está ahora allí, con los pies en la bosta, abotonándose la chaqueta de su amigo y preparándose, sin pedir clemencia, para que el pelotón lo ejecute.
Abraza a su amigo Aráoz de Lamadrid, curtido oficial que combatió en Tucumán, Córdoba, San Juan y Mendoza, que conoció el exilio en Bolivia y Chile y el  duro Aráoz se "quiebra" ante la entereza de su amigo-adversario y llora frente a la tropa como un adolescente.
Manuel Críspulo Bernabé lo deja y apoya la espalda en la pared del fondo de la Iglesia, mirando de frente a los soldados que van a fusilarlo.
El Jefe del grupo que le ha de disparar, se acerca al coronel para concederle una última voluntad, prometiéndole concedérsela.
 -“Nunca prometa lo que no ha de cumplir. Soldado” responde el coronel.
- “Pida Ud. mi Coronel”, responde quien ha de dar la orden.
En ese instante previo a que ocho balas le arranquen la vida, Manuel Críspulo Bernabé Dorrego vuelve a ser el díscolo, indisciplinado e incansable bromista y mirándolo con sorna, antes que cubran sus ojos con el trapo amarillo, le dice:
-          “Quiero morir de viejo”
Avergonzado de no poder cumplir su promesa, Rauch ordena hacer fuego.


Ilustración: "El fusilamiento de Dorrego" - Antonio Ballerini



jueves, 27 de agosto de 2015

Sartreano


Mediante tanteos, se aprende en este desafecto
donde asoma lejanamente la atadura del vivir.
Ayudándose a medrar en el desapego emocional,
(desarreglado y poco estable personaje de moda),
atravesado por un sentimiento inusual de fracaso,
temor y vacío propio de la existencia adolescente.
Sin embargo, desapercibido, en absoluta soledad
se aprende en el afán de rescatar el tiempo pasado,
para arrojase a la acción y responder a la vida
para formar, al cabo, ese ser que debe hacerse.

Ilustración: "Optimistas azules" - Wols (Alfred Otto Wolfgang Schulze)

miércoles, 26 de agosto de 2015

Segundo plano

Relegando a un segundo plano el gusto ecléctico
por el báculo de la insulsa peregrinación,
acompañados de mesuradas dosis de encono y fastidio,
transitan, asmáticos, la ignominia y los  prejuicios.
Fantasmas que espantan las certezas
arrojando turbaciones, penumbras y sombras
sobre el hombre y su infausto destino.


Lírica nostalgia



Se extiende la ciudad y el silencio al sur,
crecen ingenuos luceros en la media tarde,
formas geométricas se trozan entre las sombras,
líneas sinuosas se desgarran en fragmentos.
La rutina, solo es lírica nostalgia bajo el cielo.

lunes, 24 de agosto de 2015

La cena está en el horno. Disfrútala.

Está agobiado, cansado de todo, apesadumbrado. Hace cuatro días que no se baña y seis que no se afeita, un mes y medio sin poner un pie fuera de la casa.
Todo dejó de importarle, nada le interesa, y no es depresión, no, eso era antes, hace dos o tres años, ahora no, ahora es una desazón que lo atenaza por dentro y se le manifiesta por fuera.
Ya no le afecta que Racing gane o pierda, ni siquiera que juegue, tampoco que llueva o que el frío vaya ganando rincones en la vieja casa. Se desinteresó de los diarios que se acumulan junto a la puerta, sin ser leídos, sirviendo solo para que el viento los desacomode y el perro los orine.
De lejos parece normal, casi el mismo de siempre, pero de cerca se le nota el desaliño y ese tufo rancio de sudor apelmazado que se impregna en la ropa cuando la ausencia de agua y jabón es prolongada.
Ausente de toda ausencia, se deja pasar los días, pensando en nada. Ni siquiera lo altera las infidelidades de su esposa, allá ella con sus chanchullos, que él también tuvo los suyos. Pero eso era antes, cuando aún le encontraba sabor al sexo y a la adrenalina. Ahora no. Ahora nada.
Nada no, algo hay que aún un poco lo movilizaba, cocinar. Si. Siempre el cocinar le había dado una paz y un placer infinito, le brindaba satisfacción. No la comida en sí, no el resultado, sino el trámite de poder elaborar los alimentos, de pensarlos, de improvisar, de encontrarles el punto justo y el sabor preciso.
En eso se destacaba, y lo sabía. Tenía un arte particular y una mano especial para sazonar los alimentos.
Fue en ese momento en que se dio cuenta que hacía ya algún tiempo que hasta hobby suyo estaba ausente, y en un raro arranque de entusiasmo se le dio por emprenderla con algo que pudiera asombrar y que no pudiera ser olvidado en mucho tiempo.
Se dirigió a la cocina, un ambiente amplio, bien ventilado, una amplia mesada de granito negro, bajo la ventana, cubre toda la pared. En esquina, una heladera de doble puerta, tipo no frost, con expendedor de agua fría al exterior que también sirve para proporcionar hielo, en esquina a la mesada.
Hacia la izquierda, una mesa redonda cubierta por un mantel azul, sostiene un florero en el que se marchitan unos crisantemos,  seis sillas tapizadas en cuero la rodean.
En el centro de la estancia una isla que contiene una pileta de doble bacha, de acero inoxidable y una cocina industrial de seis hornallas con un horno increíblemente descomunal.
Sobre la pared opuesta a la ventana, junto a la puerta, una alacena de seis hojas y bajo de esta, un estante con la más variada gama de especias que alguna vez se haya encontrado en casa alguna.
Sin duda, esa cocina había sido construida siguiendo sus gustos e indicaciones y allí se sentía cómodo.
Recogió una tabla de picar de bambú y la puso sobre la mesada, tomo varios frascos de especias y los colocó a un lado, junto a la sal.
Luego allegó dos papas grandes y tres batatas medianas, las puso en la pileta para lavarlas y quitarle restos de tierra, un morrón rojo, uno verde y otro amarillo, unas cuantas zanahorias, un tallo de puerro, dos echalotes, una cebolla morada grande.
Encendió el horno y lo puso a temperatura media, le quitó la piel a las papas y las batatas, las cortó en cubos casi semejantes de dos centímetros por dos, y los metió en un bol luego de lavarlos nuevamente, los roció con aceite de oliva y los espolvoreo con ají molido, paprika y pimentón, dejándolos en reposo.
Tomó los morrones y los cortó en rodajas, hizo tres pilas con tres colores diferentes, rebanó en tiras las zanahorias, en cuatro el puerro, trozó los echalotes y la cebolla morada.
Sacó del horno una asadera grande, de casi ochenta centímetros de ancho y unos tres de alto, y en el centro de la misma distribuyó las verduras de manera tal que conformaran un colorido arco multicolor.
Las roció con aceite de oliva, y sobre ellas esparció semillas de anís y de amapola, hojas de menta, coriandro, algunas hebras de romero fresco, luego, acercando el bol con las papas y las batatas, las puso en derredor, formando un cerco a los vegetales.
Le agradó lo que veía, sobre los bordes un cordón rojizo en el que de vez en cuando sobresalían las notas blancas de las papas entremezcladas con el amarillo de las batatas, y hacia el centro rojo, verde y amarillo entreverado con el verdor del puerro, y el violáceo en diversos tonos que el echalote y la cebolla morada aportaban, todo bajo la pátina del aceite de oliva.
Observó la hora, dieciocho y treinta, su esposa no llegaría hasta pasadas las veinte o tal vez un poco más tarde, calculó que con hora y media, dos horas de cocción su plato estaría listo.
Sobre la mesa acomodó un plato, los cubiertos a ambos lados, una botella de vino tinto de buena cosecha, (las carnes rojas merecen vinos fuertes), destapó la botella para que se aireara, colocó un servilleta haciendo juego con el mantel, cortó unas rodajas de pan que colocó en la panera, quitó el raido crisantemo y lo reemplazó por dos rosas rojas, sobre un papel rosado escribió: “la cena está en el horno. Disfrútala”
Fue al baño, abrió la ducha, y cuando el agua estuvo tibia, se desvistió y, por primera vez en cuatro días se dio un baño reconfortante. Se secó, alcanzó la espuma de afeitar, se humedeció la cara con agua caliente, se la embadurnó con esa espuma blanca y perfumada y con mucha parsimonia se afeitó.
Cuando terminó se miró al espejo, parecía haber rejuvenecido tras la ducha y estando afeitado. Observó su cuerpo y vio que no se notaba ninguna acumulación de grasa que desentonara.
Desnudo, volvió a la cocina, destapo una botella de calvados auténticamente normando, traído de su viaje a Francia, fue hasta el sistema de música y colocó un mp3 de Nana Mouskouri y se dirigió nuevamente a la cocina con la copa de calvados en su mano.
Abrió la puerta del horno, comprobó que la temperatura era la que él deseaba, ajustó el reloj automático para dos horas de cocción a fuego moderado, unos ciento veinte grados aproximadamente, según calculó.
Agitó en su mano el calvados disfrutando de las emanaciones frutales que la evaporación del alcohol le brindaba, y recordando el particular sabor que tienen las carnes rojas ablandadas en bebidas blancas, lo bebió de un trago.
Tomó la inmensa asadera, gustando una vez mas de su colorido y la introdujo en el horno, miró en su derredor observando que el ambiente estuviera completamente limpio y así, desnudo como estaba se introdujo en la asadera y cerro, desde adentro, la puerta del horno.


domingo, 23 de agosto de 2015

Buenos vecinos



Los Huerta eran unos vecinos más en el country, el hombre tenía negocio prospero, construcción de piletas de natación, ayudaba a sus vecinos y la mujer era la perfecta ama de casa y amiga ejemplar.
Habían adquirido el lote a principios del 85 y pronto construyeron un hermoso chalet al que años más tarde adosaron una pileta de natación.
Un matrimonio sin hijos en una vivienda confortable, con amplio parque y una piscina envidiable que mantenía un empleado.
Los nenúfares agrandaban sus quehaceres, lo estaban obligando a trabajar más de la cuenta. Nunca se pudo explicar cómo aparecieron por allí, se supone que el agua clorada de la pileta, mas el filtro de carbón activado deben impedir la proliferación de hongos y bacterias, y aún de intromisiones raras como estas plantas acuáticas cuyas hojas flotaban en la piscina.
En los comienzos solo apareció una, chica, ubicada en un rincón, cerca de la escalera, en la parte profunda. Como daba un toque distinto y vistoso, le ordenaron que la dejara allí, como un aporte a la “naturalidad” del paisaje.
Pronto la pequeña hoja se fue  multiplicando, y la “naturalidad” se convirtió en pesadilla, hasta que toda la superficie de la pileta apareció vestida de verde y poblada de flores con distintas tonalidades de blanco puro, marfil, crema, rosa, rojo, carmesí, cobrizo y amarillo.
En una primera impresión uno creía estar ante la viva reencarnación de alguno de los ocho “Los Nenúfares” de Monet, pero lo que se veía no era obra impresionista alguna, aunque si producía bastante impresión.
Erradicarlos se tornó trabajoso, largos pecíolos unían la superficie flotante con el fondo de la piscina, si se cortaban estos, podía retirarse el material flotante, pero al cabo de un tiempo este reaparecía con mayor vigor.
Luego de varios intentos frustrados y contra la opinión de los Huerta, optó por vaciar la alberca, esperar unos días para que el calor veraniego quitara humedad a las plantas y luego proceder a retirar la totalidad de ellas.
Privadas del elemento que le daba sustentabilidad flotante, hojas y peciolos quedaron depositados en el fondo conformando, con el transcurso de los días, una masa gelatinosa y resbaladiza de un verde ocre, que comenzó a despedir un olor nada agradable.
Primero se tomó el trabajo de amontonar los vegetales putrefactos en el sector menos profundo de la pileta vacía, permitiendo que los últimos restos de agua, por efecto de la pendiente, resbalaran hacia el desagote, luego, con paciencia infinita, los fue subiendo hacia el borde, colocándolos en el interior de un contenedor que había fabricado para la ocasión.
Concluido esta labor, se percató de que en realidad, las plantas flotantes tenían su inicio bajo el piso de la pileta, desde donde ya habían comenzado a asomar nuevos brotes. Intentó arrancar del piso alguno de ellos, pero solo quedaba en sus manos el tallo.
El verdadero problema estaba debajo del piso de la piscina, así que resignado, comprendió que su trabajo iba a ir más allá de ser simplemente el que hacía el mantenimiento, debía levantar gran parte del piso, sobre todo en la parte más profunda, que era  donde había mayor abundancia de esos brotes que seguían surgiendo.
Al comenzar a perforar en la base de la pileta, el pútrido olor de las plantas se hizo más intenso, cuando llegó a la tierra que se encontraba debajo, al extraer los primeros rizomas que originaban los nenúfares, miles de gusanos venían adosados a ellos y en una danza sincronizada se esparcían por todo el espacio ahora vacío de agua.
Intrigado por la presencia de esos seres pequeños, blandos, de forma alargada que pululaban, decidió profundizar en su excavación y al hacerlo, se encontró con unos blanquecinos huesos que espantaron su serenidad.
Los bomberos y la policía acomodaron prolijamente el esqueleto humano sobre la bolsa negra puesta en el borde de la pileta.
Para los vecinos del country La Rinconada, Roberto Huerta y su esposa Carolina llevaban una vida normal y tranquila. Sin embargo, había algo que no concordaba con aquella imagen ideal y que era el secreto mejor guardado.
Roberto era hermano gemelo, Jorge, quien tenía un hobby que lo apasionaba, las plantas acuáticas, siempre en sus bolsillos alguna semilla aguardaba la oportunidad para ser sembrada
Jorge y Carolina se habían casado a fines del 84, pero esta le escondía a su marido que estaba teniendo un amorío con su hermano Roberto.
Autoproclamado como la oveja negra de la familia, Roberto se había enamorado por completo de la esposa de su hermano y esta de él, manteniendo oculta la relación hasta que ambos, cegados y convencidos de que solamente estando solos podrían tener una vida de felicidad, urdieron quitar del medio al gemelo que estorbaba: mataron a Jorge, esposo y hermano gemelo en una fatídica noche de agosto.
Aprovechando que estaban construyendo una pileta en el lote recién adquirido, lo enterraron en el parque que rodeaba la vivienda bajo la construcción y continuaron su vida de buenos vecinos y perfectos amantes, hasta que comenzaron a germinar los nenúfares.

viernes, 21 de agosto de 2015

Libertad de elección

Se despertó de golpe, solo para darse cuenta atravesaba la más absoluta de las desolaciones, una ausencia grande como un elefante la impelía (no era muy consciente de esto, puesto que jamás había albergado un elefante), pero si sabía que la urgía la necesidad de acoger en esa cavidad algo más que la nada que ahora la poblaba.
Esa nada que se manifestaba con escozores, sometiéndola al padecimiento de una humectación que se aparecía de pronto, sin previo aviso inundando la cóncava oscuridad hasta inflamar sus sienes con la intensidad de un silencio de monasterio.
Venía de un tiempo de cautelas, de tener todo controlado bajo la rígida dirección del Órgano Ejecutor: nada se hacía y nada se ejecutaba si el “manda más” no daba el visto bueno.
¿Deseaba un vestido floreado que resaltara su contorno? Inmediatamente comenzaba a llenar formularios para conseguir la necesaria aprobación y peregrinaba degastando horas a las que les podría haber dado un mejor uso, tratando de obtener los sellos afirmativos que dieran curso a su solicitud. ¿Cuanto demoraba esto? Imposible saberlo, una semana, un mes, un año o la eternidad.
Lo normal era que la ansiada permisividad arribara cuando la temporada había pasado y las flores del vestido no eran más que rastrojos que esparcían semillas, que jamás habrían de germinar por no tener el correspondiente “visto bueno”
Lo mismo sucedía hasta con lo más nimio, conseguir un buen ajuar, un lomo, penne rigate, o un simple helado de frambuesa implicaba idéntica tortura. Sin mencionar los “extras” que requerían los artículos importados.
En esos tiempos intentar satisfacer las apetencias hubiera resultado mucho más que frustrante, así que las hubo de postergar con una supina molicie.
Total, lo que se ignora no existe y si no existe no hay que satisfacerlo.
Pero los momentos habían cambiado, el extremo y autoritario control había cumplido su ciclo y comenzaba a florecer la estación del más absoluto liberalismo.
Rebosaban ofertas de múltiples productos a precios irrisorios, tanto nacionales (de una mediana calidad) como importados (a cual más atractivo). Digamos para resumirlo que el consumismo había vuelto a reinar después de décadas de oscurantismo proteccionista.
Pero aún en esta plena libertad de tener todo a la mano, no era cuestión de soplar y hacer botella en el tema de satisfacer necesidades.
Se planteaban miles de cuestiones, a cual más engorrosa. Adaptabilidad, largo, ancho, grosor, elasticidad, garantías de durabilidad, si debía ser nuevo o acaso algo usado resultaba más conveniente, año de iniciación (y esto sí era todo un problema), todos estos temas demandaban una elucubración seria y profunda.
Los modelos más recientes tenían la ventaja de resultar más versátiles, mas rendidores se podría decir, pero en su contra estaba el hecho de que su calidad dejaba mucho que desear, un uso intensivo los tornaba inservibles en poco tiempo.
Los antiguos por el contrario, tenían una mejor contextura, eran más robustos, pero los desmerecía el hecho de estar un tanto desactualizados con los nuevos vaivenes de la moda, a esto debemos sumarle el inconveniente de que muchos todavía arrastraban atavismos de la época del control estricto y no les era fácil el adaptarse.
Pero cuando el hambre aprieta no hay pan duro y planteada la urgencia de lo requerido, decidió que lo mejor era salir en búsqueda de las ofertas del día que pusieran fin a su cóncavo martirologio.
Apenas asomada a la calle se sintió inundada por el tsunami permisivo que reinaba, sin siquiera tener que completar un solo formulario ni tener que perder su tiempo en inútiles trámites burocráticos, en la esquina, encontró las más diversas ofertas que pudieran dar buen término a esa humectación que ahora no solo resultaba molesta sino que la anegaba de olores cada vez más intensos.
Con asombro ante su vista miles de instrumentos, a cual más apto, se ofrecían para dar cumplimiento a lo requerido, y todos, esto era lo asombroso, a precio de ganga.
Los había largos, medianos, pequeños, unos casi  mínimos que con solo unos breves toqueteos alcanzaban longitudes inimaginables, finitos, medianos, gruesos, rígidos, flexibles, pálidos, rosáceos, café con leche, negros como la misma noche, algunos prometían satisfacciones garantizadas y durabilidad eterna, otros adaptabilidad a condiciones extremas, hasta, cuestión de tiempos modernos, los había reversibles, los que por un conservador instinto, no resultaban de su agrado.
Teniendo presente las características de su hueco, que conocía a la perfección por haberlo tanteado infinitas veces, se avocó a la tarea de efectuar una selección previa a ojo de buen cubero, y luego, parsimoniosamente ir analizando uno por uno con mayor  detenimiento.
Cuando los tomaba en su mano escrutaba su textura, si ofrecía un rápido cambio de temperatura en contacto con su piel, si al apretarlo se modificaba, para bien o para mal y en qué sentido, si le parecía resistente o algo flojo, si se recuperaba de su flojera rápidamente o requería de mayor tiempo y otro sin fin de pequeñeces que, a su criterio la llevarían a seleccionar el adecuado para poder introducirlo con seguridad y satisfacción.
Dudando entre los tres o cuatro que al final fueron más de su agrado, no dudó en llevarlos a la boca para realizar una comprobación final en función del gusto que cada uno podría tener. Si bien naturalmente se inclinaba por lo agridulce, no descartaba algo tal vez más amargo (asociando no se sabe bien porque lo amargo con mayor rudeza) o hasta tal vez, algo que le pareciera sumamente dulce, igualando dulzura con suavidad.
Finalmente optó por uno negro, tal vez exageradamente ancho, pero de un tamaño mediano que según rezaban las indicaciones con el uso podría desarrollar mayor envergadura, en estado natural parecía algo áspero, pero según le informaron bien humectado se tornaba tan sedoso que hasta resultaba deseable.
Feliz de poder decidir sin tener que realizar innecesarias aprobaciones para lograr el contenido, arrastró al continente hasta su hogar.
Llegó, y en esa misma cama en la que había despertado, casi se diría que lo arrojó de tan ansiosa que estaba. Dejándolo allí, fue a ponerse cómoda de ropas, algo que resultaba propicio y hasta casi imprescindible para la ocasión y en menos de lo que canta un gallo, estaba nuevamente tomándolo con sus manos con una calidez que nunca antes había sentido.
Contemplo su anchura en la palma de su mano, y sonrió, pensando que la humectación había aumentado allí, donde tanto le cosquilleaba y que pronto, eso que  anhelaba podía por fin encajar en esa cavidad que casi lo reclamaba a gritos.
Dio unos pasos de una manera extrañamente insinuante, separó sus piernas lo suficiente para sentirse cómoda, se reclinó un tanto, y con una sensualidad digna de mejores causas introdujo completamente el tapón en el desagote de la pileta.
Exhaló un suspiro pleno de satisfacción, repudiando al mismo tiempo los estrictos controles y agradeciendo la libertad de elección.


jueves, 20 de agosto de 2015

Burro viejo


La cosa venía mal encarada, estaba atravesando una temporada errónea, las estrellas ya no le eran propicias, se sentía incomprendido y no veía fácil su recuperación.
No era viejo o al menos no se sentía así, tal vez el haber pasado los cincuenta lo ponía en un punto muerto de vuelcos emocionales, esas canas en la sien le daban un aire sereno y no eran tantas como para disfrazarlas.
Es cierto que ya no se paraban a mirarlo las quinceañeras y apenas una que otra veinteañera lo relojeaba muy de vez en cuando, pero todavía cosechaba muchas miradas de mujeres que pisaban los cuarenta.
Se había convencido que después de esa edad, aparentar ser un caballero, un romántico y tener un aire de poeta atraía atenciones, sobre todo cuando esa lánguida indiferencia en la mirada despertaba fantasías que impulsaban a consolar lo que suponían un corazón adolorido.
De eso había vivido largos años, mintiendo sentimientos, fingiendo romances, inventando todo tipo de amores íntimos. Y no le había ido mal.
Era atildado, se hacía regalar buena ropa, viajes, hoteles caros, algún que otro auto y sobre todo, sabía sacar rédito de ese querer mostrarlo en ambientes a los que nunca por si mismo podría haber llegado.
Es cierto que a su paso siempre dejaba alguna lágrima, muchos reproches, más de una cuenta bancaria bastante mermada, pero los secretos amores que brindaba, obligaban a guardar silencio. Nadie quería mostrarse despechada, y mucho menos reconocer que entre las sábanas las habían timado.
También había algunos maridos que no debían enterarse, o que si se enteraban, debían soportar el pequeño infierno de la infidelidad con tal de mantener en alto su prestigio social.
Eran flancos débiles que conocía bien y sabía sacarles rédito. Nadie cuenta a calzón quitado que no solo ha sido engañado, sino que además, ha sido uno quien casi lo ha llevado hasta el propio lecho y de su bolsillo los gastos ha pagado.
Fueron años buenos, de disfrutar siempre a costilla de los demás, no se tendrían que haber cortado, pero, (y siempre hay un pero), un regalo de navidad equivocado, una lady mas despierta y sin nada que perder y la cola de Satanás en donde no debía estar lo pusieron en aprietos.
El círculo se había cerrado en un pueblo chico, pero con hectáreas que producían millones y esa mujer que vivía en un carpe diem eterno.
Él lo tomo como otra aventura, ella, como una cuestión de negocios, y en los negocios solo prima la ganancia, no los afecta el fingido cariños, los mimos regalados ni el esfuerzo de encender ardor en las noches de otoño.
Imposibilitado de doblegarla con sus taimados encantos se inventó ser útil en los quehaceres de campo para llegar a su cartera.
Y allí estaba ahora, despertando al sol antes del alba, apiñando vacas para poder ordeñarlas, acarreando tachos hasta la tranquera, alambrando, desparasitando, en resumidas cuentas hundiendo su vida en ese trabajar de sol a sol, sin encontrar el modo de llegar a su cuenta bancaria, y lo que es peor, sin fuerzas para cabalgar más que a un burro viejo que lo condenaba a vivir en ese ostracismo agnóstico del fin del mundo donde solo mandaba ella.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Abstracción filosófica

Sensible al paisaje, el momento es suave,
engañoso en aparente azul transparencia,
como olvidado de que no se puede aprender estando solo,
política y religiosamente quieto,
sin un antes, sin un después, y sin un silencio.

Es suave el momento, como sensible al paisaje.

En el encontré a mi memoria con un olor a noviazgo,
en esa espera tan abundante de tiempo presente
donde me aguarda lo inconcebible: el existir.

Todo lo nuestro es plural, un plural de excitación orgullosa,
como corriente migratoria dotada de pasados
que a poco nos asimila
a esos otros genéricos que habitan en nosotros.


Ilustración: "Danza Abstracta y Psicodráma analítico" - Adolfo Vazquez Rocca



Obra de arte


Aquí estamos, callados, con los rostros atentos.
Un instante de plateada luz flamea en la tarde.
Es como el viento, que conoce todos los secretos,
aún los de ese color entre azulado y ceniciento
que se guardan amodorrados en la siesta.
Un desmayo dulce de tiempos felices y de no hacer nada,
como un aroma picante y verde, nos va envolviendo.
Nos suspira en la cara un vago querer.
Es extraordinariamente curiosa la mirada de los enamorados,
es como sol y silencio. O música escondida.
Algo nos estremece, tranquilo y persuasivo,
con un  invencible poder mágico que endulza y apresura la vida.
Obra de arte acabada y perfecta,
que comenzó con un sueño y termina con tus ojos en mí.

martes, 18 de agosto de 2015

Invicta

Conoces que yo sé que tu dominas
ese arte de saber querer solo de a ratos,
teniendo que ocultar lo que deseas
bajo tu blusa bordada de lentejuelas,
poblada de transgresiones positivas
y otras tantas mucho más deseables.
La construcción de tu vida y su expresión
se basa en esa pasión distante que arrojas,
estacionándote en la resignación
que te impulsa en los momentos de arrebato,
mas allá de toda duda y del recato.
Siempre intentas llegar algo más lejos,
de no ser por esos momentos que te atrapan,
de pronto, sin darte cuenta y sumida en distracción.
Perfecta, infinita y total no tienes que ocultar lo que deseas
para que en cada gesto atraviesen tu espíritu
los besos que regalas entre las sombras,
mientras en tu mente el sexo sabe a más que una canción
y te piensas radiante, transitiva, para siempre,
impávida en el momento del final.
Invicta y triunfante en tu consciencia.



Fragmento azul


El sonido del despertar comienza un nuevo día,
apenas se distingue el movimiento del viento.
Yo me encuentro aquí, extraño, ajeno y responsable,
en este rincón del planeta donde me toca el turno
de hacerme cargo de escudriñar hacia el futuro.
En ese silencio que esconde un inmenso misterio
en el fragmento azul que significa el mañana,
tan cargado de mística y electrizante incertidumbre.
Algo me está empujando desde los restos añejos,
con una danza suave que ayuda a la hora de pensar,
como las olas del mar o el renacer de las flores.
Esta cita con uno mismo se vive día a día,
como un antídoto necesario o un arrebato de locura
cargado de sueños ilusiones y fantasías.

lunes, 17 de agosto de 2015

Vasto campo


Contemplo caminos nuevos en tu cuerpo,
suficiente para intentar viajar a ese vasto campo
en el que se guardan las presencias tutelares
donde el rudo labriego logra descansar el arado.


Ilustración: "Labriego II" - Julio Cesar Gachetegui

Oportunidad

Acompasado, se sosiega el pulso cansado
en la niebla que cubre la hora de la oración.
Se adormece el tiempo en un morir de palabras.
Ambivalente, en la lejanía el horizonte, alucina
metáforas pariendo el fantasma de la luna.
Fatal, esconde su destino noctambulo el sol
como si fuera un viejo tahúr viajero de luces.
En su sabiduría, la naturaleza se llama a silencios.
Bordeando la periferia del pausado universo,
el artista principia en el vicio de su quijotada.
Huellas de tintas, oleos, mármoles y bemoles,
danzan un rompecabezas de inspiración espontanea.
Confusa, la oportunidad se diluye en alegoría de sombras.
Presa de sus locas pretensiones una fértil idea
inicia su itinerario por enésima vez, queriendo plasmar
los enredos del pensamiento en la cruda realidad.
La creación ha comenzado.



sábado, 15 de agosto de 2015

Pacto sin firmar

Destino de autopsia tiene el hombre
cuando es el silencio de los buenos
el que calla ante el ruido los malos.
La ciudad se pinta de gris antiguo,
entre el invierno y la indiferencia,
un mar de tierra imprudente hurga
en el desierto de seres fantasmas.
Ya no importa el árbol de la vida,
solo crónicas solitarias saldan cuentas.
Se entona una delirante serenata
sobre el origen de lo imposible.
Rojo, todo rojo se lleva a cuestas
en la blanca quietud que reina sobre el hielo.
Por un instante la eternidad se duerme,
un macabro pacto sin firmar vaga en el viento.
El mal ha ganado la batalla.


Ilustración: "El bien y el mal" - Miguel Oscar Menassa