miércoles, 30 de septiembre de 2015

Flores negras

Los celos son flores negras
de frutos incandescentes.
Trocan en hielo al corazón,
hunden la balsa del amor,
turbando fatal la confianza.


martes, 29 de septiembre de 2015

Como si yo no existiera


Como si yo no existiera,
el roble ensancha su copa,
la noche dobla estrellas,
el río corre desconocido,
el cuervo anida en el bosque,
y un caracol se cobija en una flor.
Todo como si yo no existiera.
Cosas difíciles se hacen fáciles,
hasta esto de extrañar extrañarte.
Pero sé que es solo por hoy;
mañana, al despertar, o más tarde,
a la infaltable hora del té,
volveré a querer saber de ti.
Pero todo ha de seguir siendo
como si yo no existiera.

Hombre de muchos colores

Era un hombre de muchos colores,
enamorado en blanco y negro
de la mujer más hermosa
que habitaba el cosmos transparente.
Un domingo por la mañana la perdió
tras un pequeño grano de arena.
Su universo se tornó impermeable
a la luz, a todos los matices
y deseó ser arco iris o cristal tornasolado,
pero solo alcanzo a ser el negativo
de aquel que pudo ser feliz.


lunes, 28 de septiembre de 2015

Destiempo estático


Condenado ser fantasma, despojado
de historias de ayer y de hoy,
ejecutor y sobreviviente de míticas leyendas,
percibiendo señales ambiguas,
deambula por azoteas bajo el cielo,
intentando pasar desapercibido y en soledad.
Manos vacías lo acunan con melancolía,
atrapado en su ancestral memoria
busca un  rostro donde reconocerse.
No hay espejos en las hojas de los árboles
ni respuestas en las ciegas miradas,
solo el prolongado bostezo lúgubre de la noche
y el destiempo estático de la eternidad.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Posibilidad

De tus labios quedó un tatuaje azul
en el esquinero  del espejo.
Pequeña inocencia con sabor a adiós.
Ahora está allí, conmigo,
aguardando la posibilidad del regreso.


sábado, 26 de septiembre de 2015

Canción de ausencias


La casa está vacía
poblada de ausencias,
la recorren recuerdos
que vienen y van.
Florecen en los rincones
viejas nostalgias,
y un aroma tuyo
que nunca se va.
A solas en silencio
beso tu presencia,
bálsamo que ahuyenta
toda la soledad.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

El juego de vivir

El compromiso es cobardía
en la ciudad de plata y lustre.
El juego de vivir
en silla de ruedas es otra historia,
el silencio mata antes que la herida.
Una falsa realidad
aguarda  en la ciudad desgastada,
sus puertas y ventanas solo son
cajas de Pandora
desde donde, ansias callejeras,
asaltan ambientes imposibles.
Vida fácil. Vida y muerte fáciles,
perdidas sin pesar y sin pensar.
Un día más de últimos suspiros,
de un agitado estruendo,
horas vacías, pero nada más.
Pierde el que piensa,
en este juego donde perdemos todos.


Breve II


Antes de ser antagonismo
prefiero ser protagonismo.


martes, 22 de septiembre de 2015

En sueños



En sueños germinamos en espectros,
negras gemas brillan en la oscuridad
cubriendo la bastedad de lo tenebroso.
Excéntricos pájaros habitan la noche
buscando despojarnos de silencios,
Habitamos un temblor hecho fantasía,
esa tenue línea entre locura y cordura
en que naufragamos hasta el amanecer,
donde lo efímero da paso a lo nuevo
guiando a los caminantes de la alborada
a despertar volviendo a ser hombres.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Dientes con historia

En la Edad Media solía decirse que cuando se tuviera un dolor de muelas se rezara a Santa Apolonia y el dolor desaparecía, esto se debe a que la así denominada es una mártir que murió en Alejandría a mediados del siglo III,  durante un levantamiento local contra los cristianos. Antes de morir quemada en la hoguera, fue martirizada con la extracción violenta de todos sus dientes.
La mitología cristiana dice que los treinta y dos dientes de Apolonia, fueron tirados por sus martirizadores a la vera de un camino de esa ciudad de Egipto y que algunos fervorosos cristianos, de noche y a escondidas, hubieron de recogerlos para guardar como amuletos con los que recibir la gracia de la pobre víctima.
Juan XIX papa de la Iglesia católica de 1024 a 1032, sucedió a su hermano Benedicto VIII. En el momento de su elección era cónsul y senador además de laico, por lo que recibió todas las órdenes sagradas hasta la dignidad de obispo en un solo día a cambio de una importante cantidad de dinero con lo que inició su pontificado con una de las lacras que lo definirían: la simonía, o sea la compra de cargos pontificios por dinero.
Delicias de los papas medievales que felizmente se han superado.
Pero resulta que este bueno de  Juan, enterado de las supuestas bondades que los dientes de Santa Apolonia poseían, emitió un edicto ordenando que todos aquellos que poseyeran alguna de las valiosas piezas dentales, las remitieran sin más trámite a Roma, recibiendo en trueque una pequeña cantidad de oro.
Obedientes y sumisos, los creyentes comenzaron a entregar en sus respectivas iglesias locales sus amuletos bucales, llevándose para sus hogares la aurea recompensa.
Cada titular de iglesia, a fin de congraciarse con el papa Juan, alentaba a sus fieles a realizar sus ofrendas garantizando el premio o de negarse, prometiendo el castigo eterno.
Las Iglesias de las aldeas, remitían su colecta a la de la Capital, reembolsando esta el oro entregado, y desde la Capital se remitían a Roma con igual intención.
Don Juan, para ganarse la lealtad de los obispos, repartió esas reliquias varias iglesias de Roma, en la catedral de Plasencia, en la iglesia de S. Roque de Lisboa y en otras diversas iglesias europeas. Pero su número es tan elevado, existen más de 500 dientes, que la mayor parte de ellas son falsas o sospechosas.
Lo que de la historia no me ha llegado es si Juan XIX recibió o no oro a cambio de los benditos relicarios.


De abril a mayo


Una noche de abril,
los exiliados del corazón,
comenzamos, furtivos,
a revolver el orden vigente
izando el amor a la vida
en el jardín de las rosas.
Eran horas y días de emoción,
los sueños se daban cita
donde rompen las olas.
Queríamos ir hacia el verbo,
al  fugaz poema nocturno
y a los amores sin miedo
bajo un celeste reino inmortal.
Triunfante nuestra utopía
celebramos con pasión manifiesta
en las dulces noches de mayo
enterrando las cenizas del corazón.

domingo, 20 de septiembre de 2015

sábado, 19 de septiembre de 2015

La vuelta al perro

Rudelindo Rubalcabar, cayó al pueblo una madrugada, ni alto ni petizo, ni gordo ni flaco, ni rubio ni morocho, mucho menos pelirrojo era un tipo común que habitaba detrás de un bigote finito que se asomaba debajo de su nariz.
Lo primero que vio abierto fue la carnicería, Rosendo García, bajaba medias reses  que estaban tiradas sobre un carro que arrastraban percherones. Sin preguntarle nada, le dio una mano, entrando el también las medias reses.
Cuando terminaron, Rosendo, se subió al pescante y fustigando los percherones llevó el carro hasta el corral. Sin preguntarle nada Rudelindo, se metió en la carnicería, se puso un mandil blanco algo manchado de sangre, colgó una media res y se puso a despostarla. Cuando terminó, colgó las otras.
Llegaron las primeras clientas, cotorreando novedades. Sin preguntarles nada Rudelindo, alzó los ojos, con las dos manos apoyadas en el mostrador, en la izquierda la chaira, en la derecha la cuchilla.
Rosendo entró, lo vio parado frente a las mujeres, y se fue para la caja. Así fueron saliendo, milanesas de nalga, osobuco para el puchero, maruchas, algún peceto, una que otra colita de cuadril, entraña para el nieto de la Negra, una tira de asado y seis chorizos para los albañiles de la otra cuadra.
A la una en punto, Rosendo cerró la carnicería y salió para su casa. Rudelindo, se quitó el mandil, dejó sobre el mostrador la chaira y la cuchilla, y lo siguió sin preguntarle nada.
La Antonia tenía la mesa puesta, dos platos, dos vasos, dos pares de tenedores, dos cuchillos y dos cucharas soperas, unos panes sobre la mesa, una soda y un litro de vino tinto.
Rosendo se acomodó en la mesa y, sin preguntarle nada, Rudelindo se sentó frente a él. La Antonia, revolvió el estofado, sirvió humeante los fideos y allí, de parada, se quedó mirando, sin preguntarles nada.
Comieron en silencio y en silencio bebieron. Cuando terminaron, Rosendo se paró, “voy dar la vuelta al perro, Tonia – que así a su mujer llamaba – vos anda a hacer la siesta” dijo desde la puerta y salió para la calle.
La mujer lavó los platos, fregó el piso a las apuradas, entornó las ventanas, y comenzó a desvestirse antes de llegar al cuarto. Con la puerta abierta, desnuda, se metió en la cama.
Rudelindo, la miró desde la silla, apoyó las manos en la mesa, se paró parsimoniosamente y se fue para la calle sin preguntarle nada.


Las ovejas menguantes


La Ford F-100 andaba, levantando polvo, a los traqueteos por el camino rural, los cinco gendarmes habían salido con los primeros rayos del sol para realizar su recorrida por los campos en busca de cuatreros.
Dos gendarme, el jefe, un Oficial y un Cabo, en la cabina compartiendo el mate, atrás, agarrados como podían de la jaula antivuelco, los tres gendarmes rasos restantes, oteando con el largavista todo lo ancho del campo para tratar de descubrir indicios que les permitieran justificar la patrulla.
La presión de los estancieros se hacía insoportable denunciando desaparición de animales, todos los días pasaba alguno por el Destacamento para manifestar que le faltaban ovejas, hoy diez, ayer quince, pero todos los días con la misma queja.
El problema no era que la denuncia la hicieran en el Destacamento, allí solo había asignados siete hombres y entre ellos, mal que mal se cubrían y justificaban el no poder dar con los forajidos. La cosa comenzó a ponerse pesada cuando los de la Sociedad Rural fueron a hablar con el Comandante en la Capital y se dedicaron a hacer barullo con los diarios, la radio y la televisión.
El Comandante, para cuidarse las espaldas, para congraciarse con los terratenientes y más que nada, para no salir todos los días en las noticias ni tener que dar más explicaciones, bajó la orden terminante: “en siete días quiero a alguien preso, sino el arresto se lo van a comer Uds.”
Los gendarmes del Destacamento sabían que la amenaza no venía por uno o dos corderos que carneaban cada dos o tres días, esto era casi un arreglo con criadores, no había nada escrito, pero se hacía y nadie decía nada, la cosa era que había que encontrar a alguien y mandarlo a la Capital para que lo juzguen y así volver a tener un poco de tranquilidad.
Parada la F-100 en una lomada, los largavistas centellaban reflejando los rayos del sol de la media mañana, el viento estaba calmo y el frío iba ahuecando el ala a medida que la temperatura se templaba.
Antinanco Gauna fue el primero que lo vio, sus ojos de formoseño acostumbrado a mirar por entre el monte, descubrió que del fondo del cañadón, debajo de un alero natural que formaba el cerro, salía humo, y si hay humo hay fuego, y si hay fuego hay por lo menos un hombre.
Calculó que ellos estaban como a mil, mil quinientos metros de la humazón, se lo dijo al Cabo y este al Oficial, entonces el Oficial le ordenó al Cabo que vaya con los tres gendarmes para ver qué pasaba, que él mejor se quedaba en la F-100 para avisar por radio al Comandante.
Y allá fueron el Cabo, Antinanco y los otros dos gendarmes, caminando despacio por esas sinuosas huellas que saben dejar los animales en el campo de tanto andar uno tras del otro y que si bien no esquivan todas las matas, por lo menos es más liviano que andar a campo traviesa.
En quince, veinte minutos más o menos, estuvieron a cincuenta metros de donde salía el humo, y atrás del humo, un paisano, y a los pies del paisano, cuatro ovejas que de tan quietas parecían muertas.
El Cabo y Antinanco fueron por un lado, los otros dos, en un tramo más largo, rodearon al paisano, cosa de caerle por los lados y que no se les fuera.
Estando a uno cinco metros, el paisano, que estaba tomando mate, lo vio al Cabo:
-   Buenas y santas, Oficial, acérquese y dele a un amargo.
Sin pararse, así como estaba, culo en tierra, lo vio al Antinanco y a los otros dos que venían del otro lado y siguió mateando.
Sin preguntarle nada y sin siquiera saludar, uno de los gendarmes lo acostó de un talerazo y antes que se diera cuenta, ya le habían maneado las manos con las esposas y de los pelos lo pararon.
Por la radio, el Cabo le avisó al Oficial que estaba en la F-100 lo que habían encontrado:
- Mi Oficial, encontramos al cuatrero con tres animales faenados. No mi Oficial, no están cuereados, los tres están apenas degollados. Si mi Oficial, le leímos sus derechos, la tropa es testigo. Está bien mi Oficial, avise al Comandante: es un masculino y tres ovejas degolladas. Después vengase con el móvil para llevarnos el cuerpo del delito.
Arriba, en la lomada, el Oficial se cebó otro mate, cambió la frecuencia de la radio, y se comunicó con el Comandante para darle la novedad:
-          Señor, cumplimos con lo ordenado, el susodicho, el Cabo Elgueta, y tres de tropa, salimos de patrulla a la media noche, recorrimos desde el destacamento hasta el Río Azul, cruzando campo nos fuimos hasta el Cerro Bayo y de allí, por una huella, hasta el cañadón del Piche, mas o menos unas ocho horas anduvimos, allí encontramos un masculino y dos ovejas faenados. Sí Señor, como Ud. diga Señor, lo llevamos inmediatamente a la Capital. No Señor, lo tratamos bien al masculino, no lo golpeamos. Sí Señor, puede estar tranquilo, que estén los periodistas. Inmediatamente Señor, cargamos al cuatrero, el cuerpo del delito y salimos para allá Señor. Y no se Señor, calcúlele tres, cuatro horas, estamos a sesenta leguas y la F-100 anda pesada. Sí Señor. A sus ordenes Señor.
Bajó lenta la F-100 hasta el cañadón y con cuidado se acercó hasta donde estaba el Cabo y los tres gendarmes.
-          Cabo, no me lo habrá tocado a este hijo e´puta no? Mire que el Comandante quiere que lo llevemos ahora mismo a la Capital y mostrárselo a la prensa. Súbanlo atrás, con los gendarmes y también las dos ovejas muertas.
-          Son tres mi Oficial – dijo el Cabo obedeciendo.
-          Yo veo dos Cabo, Ud. cuantos ve Gauna?
-          Dos, mi Oficial.
Cuatro horas después, la F-100 estaba llegando a la Capital, enfilando para la Comandancia, el Oficial le dijo al Cabo, que manejaba, que entraran por atrás, porque el Comandante iba a dar una conferencia de prensa en el patio principal y quería mostrar al cuatrero, a la oveja muerta y de paso felicitar a la patrulla y al destacamento por la labor cumplida.
-          Mi Oficial, son dos ovejas, no se olvide.
-          Cabo, el Comandante dice que es una, así que es una, ¡¡me escuchó!!
El patio de la Comandancia estaba lleno de periodistas, y sobre un palco, con uniforme de fajina, el Comandante, la boina de combate calada hasta las cejas.
- Quiero destacar el coraje de los hombres que están a mis órdenes, que en la arriesgada tarea de salvaguardar los valores de la Patria y en desinteresada defensa de la sagrada propiedad privada de sus ciudadanos, sin que les importe el sacrificio que significa para sus vidas, y aún poniéndolas en serio riesgo, patrullando día y noche los confines de nuestra provincia, han podido, gracias a una profunda investigación ordenada y dirigida por quien les habla, perseguir, acorralar y finalmente detener a un presunto integrante de una peligrosa gavilla que asolaba nuestros campos, menguando las majadas que son parte inalienable del patrimonio Nacional y que fecundamente, con esforzada labor, nuestra gente de campo cría con esmero para grandeza de la Nación.
Atrás, la cabeza gacha, cubierto del polvo que se trajo del campo y los caminos por haber viajado en la caja de la F-10, el paisano escuchaba, mientras el Comandante seguía con su arenga:
- Como corolario de la labor desempeñada, esta valiente patrulla, y como prueba del delito, de la totalidad de los animales ilícitamente faenados, ha traído una oveja. Circunstancia que resulta por demás comprensible, dada la escasa capacidad de carga que tiene la unidad móvil que posee, y habida cuenta, que a fin de proteger los derechos humanos del sospechoso, el mismo ha sido trasladado, con cuidado y esmero, en el interior del vehículo, en tanto, nuestros esforzados hombres, sin importar el riesgo que ello implica, han viajado, soportando frío, viento y las inclemencias que este bendito suelo nos ofrece, en la caja del vehículo.
En ese instante, mientras dos gendarmes ponían la oveja muerta sobre una mesa, Antinanco empujaba al paisano para que apareciera, esposado, en primera fila y custodiado, fusil en mano, por otros dos gendarmes.
Rebotaban los flashes en los ojos del orgulloso Comandante, las cámaras de televisión iban de su uniforme a la oveja, de la oveja al paisano y se volvían al Comandante.
-   Señores periodistas, como Uds. sabrán, por el secreto de sumario impuesto por Su Señoría, el Sr. Juez actuante, no puedo brindar detalles de los sucesos acaecidos, pero, no obstante ello, y a fin de demostrar el empeño puesto por esta Comandancia y por sus hombres a mi cargo, voy a contestarles algunas breves preguntas, sin comprometer, como lo exige la ley y el reglamento, el secreto ordenado.
Un periodista viejo, con ojitos achinados, grabador en mano, le preguntó al paisano porque cuatrereaba animales.
-   Yo no soy cuatrero Señor, soy puestero de don Hilario González Peña y esta mañana iba del puesto a las casas cuando al llegar al Cañadón del Piche, como cincuenta ovejas me atacaron, facón en mano encaré a la que parecía el jefe, la degollé de un solo tajo para defenderme. Ahí las otras, asustadas, recularon. Solo eso. Fue en defensa propia.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Poético

Celeste, silencio, cielo,
borrador de un poema
de versos inconclusos.
Es mejor no tocar nada,
poético comienza el día.


El zanjón



Nací a tres kilómetros del zanjón, pero viví a media cuadra de él casi diecisiete años.
El zanjón nacía allá, no sé bien donde, solo que era para allá, donde la tierra se aleja del mar, nacía chiquito, apenas un goteo de manantial e iba bajando, algo lento hasta llegar a la orilla del mar.
Estaba a un costado de las casas, hacia el sur de esas casas con frente de veinticinco metros, con cercos vivos, jardines y al fondo, en esos otros veinticinco metros, con huertas, frutales, gallineros y la cucha para el perro.
Mucho patio, si, es cierto, mucho patio, pero el zanjón, el zanjón era el mundo, todo el mundo.
Cuando la lágrima que surgía del manantial llegaba hasta el costado de las casas, ya era un pequeño arroyuelo de andar parsimonioso, embutido en una pequeña barranca de no más de un metro de alto, y metro, metro y medio separando ambas márgenes.
Así hasta el salto, ese que estaba cruzando la calle, donde la tierra, en su afán de llegar al mar, se tiraba cuesta abajo dos o tres metros, separando el barrio “de arriba” del barrio “de abajo”.
Y era toda una frontera. Los del barrio bajo defendían sus dominios no dejando que los del barrio alto lo invadieran. Los del barrio alto, al menos unos meses al año, necesitábamos invadir el salto y aprovechar la pendiente que separaba a los de debajo de los de arriba.
En esos meses, inevitable e invariablemente, se producía la verdadera batalla. Antes no, antes nunca, antes solamente pequeñas escaramuzas, los del barrio bajo corrían a pedradas a los del barrio alto que se acercaban a la frontera, los del barrio alto cascoteaban los techos de las casas del barrio bajo y nada más, salvo algunas corridas cuando, por cuestiones ajenas, no había más remedio que cruzar el barrio bajo, no en misión de patrullaje, sino solo para hacer alguna compra.
Del salto para arriba, el zanjón tenía casi todo: estaban los sapos y las lagartijas que permitían organizar peligrosos safaris, esos caños que lo atravesaban  y que permitían hacer batallas de equilibrios para no caer al agua, recovecos donde disfrutar jugando a las escondidas, un puente colgante que dividía a los de arriba-arriba de los de solamente arriba, y ese deslizarse suave que dejaba organizar regatas con barquitos fabricados de ramas y madera.
Pero el zanjón después del salto tenía lo mejor: la pendiente de tres o cuatro metros para tirarse con trineos en la primavera. Pero la pendiente la tenían los de abajo y había que ganarla. Entonces se planificaba la batalla, quienes irían por el sur, quienes atacarían por el norte y quienes, los más valientes, pasarían por debajo del salto para atacar de frente.
Los de abajo, tenían allí su fortaleza, dos densos matorrales de tamariscos desde donde aguardaban el ataque y protegían su artillería, cascotes, piedras y algún que otro trozo de ladrillo.
Había reglas, como en toda guerra, solo valía lanzar los proyectiles con la mano. Las bajas se contaban por los que se retiraban llorando o los que, asustados y temosos, huían de la batalla con la escusa de: “me llaman”
Era una batalla de un solo día, quien ganaba en realidad perdía, pero tenía el privilegio de trazar sobre la tierra, la pista de trineos, de marcar su camino cuesta abajo, señalando la partida y la llegada.
A fuerza de pico y pala se delineaba sobre la barranca el recorrido, que siempre terminaba allí, donde el zanjón hacía una curva, el terreno perdía la pendiente y los trineos ya no avanzaban.
Al otro día, los de abajo y los de arriba comenzaban las carreras y ya no había más batalla.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Creyente místico

Cuando, callada, dices quererme te creo.
Cuando, agitada no lo dices, también te creo.
Creo en lo que sienten tus miradas profundas
y en el desenfreno con que inicias el fuego.
A la vergüenza de tus silencios le creo
y también en lo efímero de tus obsesiones.
Creo en lo sensual tus ojos ausentes
y en la curiosa crónica de tus placeres.
Ciegamente creo en tus pezones en flor
y en la vorágine con que me buscas.
Hora tras hora, sin espacio, solo en ti creo,
con la inconclusa fe del creyente místico,
convencido del milagro sorprendente
de que contigo no hay adiós posible
aun cuando sea solo yo quien lo crea.


Tiempos de estudiante - Deshilachando recuerdos: reunión cuarenta años despues


Las Violetas, fue el lugar donde el arriesgado JR supo convocarnos a los aporteñados y no vacacioneros promos´68 de Baires para encontrar a Pa and woman, seguramente siguiendo las sugerencias de Anamá que pidió que la convocatoria se realizara un poco más al oeste.
Y si, Rivadavia y Medrano queda mucho más al oeste que Corrientes al 1200, claro que Ituzaingó, los pagos de Anamá quedan todavía muchísimo más al oeste, pero bue, don JR hizo una concesión.
Y menos mal que Baires es grande, porque ya hemos tenido que fugar de varios lugares: los chinos, Manhattan, la confitería de Salguero a causa de las palomas, en fin, veremos cuanto duramos por las Violetas.
En la cálida tardecita con que la Capital nos atemperó el martes 13, algo adelantado en el horario convenido, me apoltroné en las cómodas sillas de la reciclada confitería observando que ninguno de mis contertulios se encontraba por allí.
Como para ganar tiempo, y mientras meditaba en una llamada telefónica que había omitido hacer, abrí "Resurrección" de don León Tolstoi,  lectura de esta semana, y me sumergí en las detalladas criticas del autor ruso mientras saboreaba un capuchino.
Había pasado dos o tres hojas, llegado el momento en que la pobre Máslosva escuchaba resignada su injusta condena a galera, cuando por sobre las lentes de lectura entreveo una sonriente figura, casi adolescente, enfundada en una elegante bermuda blanca, remerita cruda en conjunto, que se detiene sonriente junto a mi mesa. Don Fer hecho todo un pendex me extiende sus brazos saludándome, juro que en ese momento quise preguntarle por el secreto de la eterna juventud, porque por más que diga que cumple años sigue siempre igual, y venía muy bien custodiado por su esposa, quien se ve que le conoce las andanzas y no lo deja andar solo por Buenos Aires, mucho menos donde se junten los promoporteños.
Apenas comenzado nuestro intercambio de novedades se apersonó don JR., saco y corbata como para demostrarle a Anamá que los empleados públicos laburan aún en verano y también acompañado por su señora.
Vaya aquí, y antes de avanzar en las novedades, mi reconocimiento a las sacrificadas consortes que aguantan estas reuniones de añorantes, escuchando anécdotas y descripciones de lugares para las que deben esforzar su imaginación tratando de captar algún significado en lo escuchado, eso sí que es tener paciencia.
Instalados  cómodamente los cinco sobre la elegante ventana que da  a Medrano nos disponíamos a reanudar nuestro dialogo cuando hizo acto de presencia misia Liliana que a viva voz anunciaba que había realizado todo un periplo para poder llegar al lugar.
Después de los saludos de rigor, no quedó conforme con nuestra ubicación e insistió pertinazmente en que el lugar más adecuado era cerca de las columnas con hojas de acanto, casi al lado de unas paredes recubiertas con maderas trabajadas a las que les dedicó casi toda la tarde alabando su belleza (menos mal que no es arquitecta sino nos volvía loco con los detalles) y fotografiándoles hasta los clavos.
A fin de satisfacer los gustos de Liliana nos mudamos a las todavía mas paquetas mesas de lo que antaño (de esto solo se acuerdan los vetustos) era el Salón Reservado para Familias. Nosotros éramos una familia, la cuestión es que nos trasladamos al fondo. Allí JR. agrandado en su poder de convocatoria le pidió al mozo que preparara una mesa para veinte.
Nuevamente acomodados, nos encontrábamos prestos a reiniciar nuestra interrumpida conversación cuando hizo acto de presencia fotómetro en mano Mónica, nueva ronda de saludos y allí sí, sentados al típico estilo de los 60 (las nenas con las nenas... los nenes con los nenes) comenzó el intercambio de novedades.
Transcurrido un largo rato en que nos encontrábamos en dicho intercambio y ante la ausencia del mozo que no aparecía por nuestra mesa, Mónica comenzó a impacientarse y a gesticular como quien castañuelea en el aire, cuando ya comenzaban a mirarnos con cara rara las señoras paquetas que degustan su five o´clock tea, JR hizo el consabido gesto de convocatoria a los gastronómicos tan típico de los porteños y aporteñados, no sé si saben? ese mirar fijo al mozo y levantar las cejas como diciendo ¿...me atendés...?.
Entendedor de la seña y porque, según supimos después, JR es habitué de La Violetas desde los tiempos del Reservado para Familias, el mozo presto hizo acto de presencia a espaldas de Mónica, todos, recatados, no pidieron más que cafés, capuchinos, y te, eso sí, con dos docenas de facturas para Mónica.
Apenas servidas las vituallas y cuando se disponían a hacer un alto en sus comentarios para disfrutarlas, Anamá irrumpió destilando sonrisas y alegrías por doquier y no se con que intenciones, habiendo espacio de sobra en la otra punta de la mesa, retiró una silla de una mesa vecina y se sentó entre Pa y su señora esposa, no sin antes amenazarme con que su padre iba a concurrir con un escribano al viejo barrio Paso Nuevo a constatar la inexistencia del pasaje que añoro por los secretos recuerdos que me trae.
Nuevamente fue convocado el mozo. Nuevamente fue confundido con que se le solicitaba un té, no mejor un capuchino doble, que no, que prefiero un café con leche, a punto tal que nuevamente JR hizo otra seña como diciéndole:"andá y trae lo que quieras"
Luego de esto y para asombro de todos, el resto de la reunión se desarrollo con total normalidad. Sin duda influenciada por la presencia de Pa que controlaba todo, hasta el desarrollo de las anécdotas que se empeñaba en contar Mónica sobre un viejo Baqueano, aunque no nos quedó claro si el Baqueano al que se referían era de los utilitarios que se usaban en el campo en los 60 o un ser humano experimentado en el conocimiento campestre. Cuando lo preguntamos Fer puso cara de pregúntenle a Mónica y esta siguió hablando de otra cosa.
Como no podía ser de otra manera, y usufructuando de la larga ausencia de Miguel en este anecdotario, de lo ocurrido en un viaje a Ushuaia también cayó él. pero esta vez fueron piadosos, no lo despellejaron.
En realidad casi no despellejaron a nadie, salvo algunas cuestiones tocadas muy al pasar como algunos seguimientos que hubo en el Mega Evento pasado y algunas veladas referencias a compañeritos que eran considerados "especiales" en las épocas del secundario, off course nadie tampoco aclaró nada.
Como verán estuvieron modositos, al menos hasta que me fui yo.

Tiempo de estudiantes - Deshilachando recuerdos: accidente y frustración

Dejando de lado la chácara, chabacana, chúcara, chicanera y chochera, y retornaré a la Historia Estudiantil.
Para refrescar un poco la memoria, haré mención a que en mis Historias anteriores, ponía en conocimiento mi ingreso al mundo del atletismo, mi pasión por él y mi dedicación por otra pasión que se había desatado momentáneamente, como ráfaga de viento patagónico, y que una charla entre “las Marías” había calmado como una fría ola de mar puede calmar la arena más ardiente.
Pasó ese año 1966, seguramente con su baile de primavera y el consabido picnic, en el que seguramente muchos habrán encontrado su primer (o segundo o tercer) amor, otros habrán seguido boleando cachirlas (ya que estamos con los giros idiomáticos) como siempre, otros habrán descubierto lo que es un corazón estrujado por la desazón, otros habrán simplemente danzado al son de los compases de la época y otros habrán hecho vaya a saber Dios que cosas que mejor es no preguntarles.
Por supuesto tres materias tres a examen de diciembre, tres materias tres superadas y entramos en 1967, cuarto año.
Quince florcillas y veinte agrestes más o menos, con una profesora re macanuda Susana As. titular de Química y de Física (dos de las tres materias rendidas), que a cambio de no jorobar en clase, me mandó a diciembre y allí, estudio mediante nos aprobó.
Ese año creo que comencé a madurar y a descubrir que era lo que realmente me gustaba y que en que pensaba dedicarme el resto de mi vida, profesionalmente hablando. No fue un año de muchas macanas, fue un año más bien tranqui, en el que casi siempre salía con Cacho P., Ricardo R., Ricardo B., Juan Carlos S. y a veces con el Tano S., el del frigorífico y al que siempre le tomábamos prestado algún fiambre.
Por esa época los padres de Juan Carlos S., como manera de preservar el famoso auto Bell Air, importado del 57 o 58, que aunque se lo prestaban muy de vez en cuando, en sus manos podía terminar muy mal, compraron un fitito 600 que se transformó en el de batalla para los hermanos S. (eran tres), y en el cual llegamos hasta meternos cinco o seis para salir a dar las famosas vueltas del perro o para organizar algún asado en cualquier lado.
Otro de los que tenía la suerte de poder “manejar el auto de papá” era Ricardo B, un Gordini color Gordini, pero debo reconocer que Ricardo era un tipo muy juicioso a la hora de conducir, nunca lo vi hacer ninguna macana.
En cambio no puedo decir lo mismo ni de Juan Carlos S. ni de Cacho P. con su, también de papá, furgoneta WV azul.
Una tarde en que con el recién comprado fitito estábamos gastando nafta porque si nomás, los fuimos a buscar a Cacho al Barrio Güemes, y decidimos hacer el circuito Barrio Güemes, Barrio Laprida, de este ir al Barrio Saavedra, Santa Lucía, ruta tres, ruta tres Barrio Quemes.
Por supuesto, que la idea no era salir de paseo nada mas, sino la de hacer una “carrera” entre el flamante fitito y la furgoneta WV.
Juan Carlos no se con quien iba en el 600, no recuerdo bien si con Ricardo B. o con Horacio D. S., pero iba con alguien, yo me quedé con Cacho en la combi WV.
Como en la pista de atletismo, a sus marcas, listos, ya, salimos a la velocidad que mas podían dar ambos vehículos, por supuesto y por una lógica de la física y la mecánica el fitito marchó en punta seguido de atrás, muy atrás por la furgoneta azul.
Así pasamos Barrio Laprida, así tomamos una curva grande que estaba pasando ese barrio y antes de la bajada previa a entrar al Saavedra y así entramos en la bajada,  la diferencia era tal que mientras con Cacho nosotros estábamos en el comienzo de la bajada, el fitito ya llegaba al final de la misma y entraba en una curva que desembocaba en el comienzo del barrio Saavedra.
La distancia era lo suficientemente larga como para poder ver con toda claridad como el recién estrenado 600, toma la curva al mejor estilo Fangio y al mejor estilo Gálvez, comienza a dar tumbos para todos lados, para terminar hecho un acordeón.
Me parece que esa fue la última vez que ese año los hermanos S. usaron “auto de papá”.
Pero mi objetivo en el 67 era otro, era participar en los intercolegiales locales, en los regionales y en el nacional de atletismo. Vivía entrenándome y comiendo como desaforado para aumentar de peso, pese a que, de la categoría “Flaco” no pasé nunca en mi vida. Entrenaba con el equipo oficial del Colegio, dirigido por el vice rector, y en el estadio de deportes donde me daba manija el padre de Cacho P. (ex atleta olímpico que participó en las de Londres del 48) y de tanto darme manija me sacó más o menos bueno (para esa época).
Fue el padre de Cacho el que me avivó que con mi peso, jamás iba a lograr la fuerza necesaria como para llegar lejos con la bala, y que entonces tenía que utilizar otras habilidades que me ayudarían: la altura y la velocidad. La altura era natural, heredada de los genes paternos supongo, pero la velocidad, que no era suficiente para las carreras de velocidad (valga la redundancia) era más que suficiente para los lanzamientos.
Y con eso trabajábamos en el Estadio, todas las tardes, mas las mañanas de los sábados y domingos, nos matábamos por mejorarnos cada día.
Era una joyita vernos subir el cerro saltando matas, correr por la cima hasta el barrio Saavedra, y luego bajar por la ruta nuevamente hasta el estadio, o hacer ejercicios con la bala junto a Rubén C. o Miguel Ángel S. y repetirlo cien o doscientas veces, hasta que los brazos no dieran mas, pero de a poco avanzábamos, mejorábamos.
Ese año para hacer la selección del equipo que iba a participar en el intercolegial, se hicieron varios torneos por colegios, Deán Funes, Industrial, el nuestro y llegaron los del Liceo Militar.
Estos muchachos del Liceo merecen un renglón aparte. El liceo había sido creado el año anterior si mal no recuerdo, y las primeras camadas fueron liceístas traídos de otros lugares.
Nuestras niñas, y las ajenas, suspiraban de lo lindo cuando aparecían estos galancetes con sus uniformes y sus sablecitos de morondanga, pero nos daban mucha bronca porque se robaban los ojos de todas, (aunque ahora muchas lo nieguen).
En atletismo era lo mismo, venían con unos equipos bárbaros y con una disciplina infernal, por suerte ese año y el siguiente fueron troncos y siempre los pudimos superar, después no sé, pero ya no me importaba.
Bueno vuelvo a los torneos.
No sé si porque en el Colegio no éramos muchos o porque razón, en cada torneo todos participábamos en varias competencias, aunque cada uno tenía su especialidad por supuesto.
Yo recuerdo haber quedado con la lengua afuera y acalambrado a la altura del Náutico, en una carrera de fondo que salió del Deán Funes y tenía que llegar al Colegio, cuatro o cinco kilómetros, haberme dado un flor de porrazo en el Estadio en una carrera de 400 metros en que el Vice rector me pidió que hiciera de “liebre” los primeros doscientos para que el resto del equipo del Cole tuviera alguna chance con los del Deán Funes y los del Industrial, que en esto eran buenos.
Pero mi meta era salir primero en lanzamiento de la bala y viajar al intercolegial que ese año se hacía en La Rioja.
La estrella de la especialidad ese año era Heriberto F., un pibe de mi barrio, que estudiaba en el Industrial me parece y que el año anterior había viajado.
Hasta mitad de año me tuvo de hijo, pero luego de la charla con el ex olímpico, algo de entrenamiento y de mucho amor propio, comencé a empardarle la jugada y sobre fin de año estábamos muy parejos.
Hubo un torneo final, en el que se decidía quien viajaba y quien no, era jugarse a cara o cruz, así que tenía toda la polenta y las neuronas dedicadas a eso.
Toda la polenta tal vez si, todas las neuronas no creo, porque una de las condiciones que imponían para viajar era que no había que tener amonestaciones, galardón al que no era muy habitué, pero ese año, en una clase de Música, la Sra. De B., que era más buena que el pan dulce, me agarró jugando al truco con Horacio D. en clase y nos puso cinco amonestaciones.
Hasta su casa fui a rogarle que no me las pusiera hasta que volviera del torneo, porque me jugaba la cabeza que ese año iba a ganar y a viajar yo.
Vamos al torneo final, primer lanzamiento de Heriberto, no me acuerdo la marca exacta, pero sé que eran doce metros y algo, lanzan otros, lanzo yo y quedo a menos de un centímetro, en el segundo lanzamiento marco tres centímetros por encima de él y en él último un centímetro más, el temido rival no me puede superar y yo que saltaba de alegría.
 Había ganado y la lógica decía que tenía que viajar. Conclave de profesores, a la sazón seleccionadores del equipo, resultado del cónclave, pese a que había perdido viaja Heriberto F. porque tenía más experiencia.
Alguien sabe lo que es la bronca que comienza a subir despacio, despacio, que se va apoderando de uno, que se transforma en desazón, en rabia, en impotencia y que se sintetiza en una sola pregunta: ¿Por qué no yo? Bueno, yo lo aprendí esa vez y lo volví a vivir después, unos pocos años después en Rosario, pero por otros motivos, en otras circunstancias  y por otra persona.
Pero la vida da revancha, siempre da revancha, aunque esta es una historia para otro día.