viernes, 13 de mayo de 2016

jueves, 12 de mayo de 2016

Evolución darwiniana


Sorprende la lectura de los estudios del Dr. Almond Parner, antropólogo y paleontólogo, titular de la cátedra Human evolution, de la distinguida y muy reconocida Universidad de Al-Karaouine, fundada en el año 859, y ubicada en Fes, Marruecos.

El científico, afirma de manera tajante que, en el futuro, el género masculino, es decir los hombres, habrán desaparecido, sobreviviendo únicamente las mujeres, auto bastándose para reproducirse.

Basado en un trabajo que le ha consumido quince años, sostiene y ha llegado a probar, que la humanidad ha tenido origen en una región que hoy ubicaríamos en el África sahariana, pero que en su momento se encontraba integrada a Europa, en el denominado continente Gondwana.

Sustenta la tesis de que los homínidos originariamente eran de piel oscura, preferentemente de un negro profundo, con la cual se encontraban protegidos de las radiaciones solares propias de la región ecuatorial.

Que sus hábitos primitivos eran depredadores más que cazadores, puesto que los animales que resultaban sus víctimas solo eran aprovechados para un consumo inmediato, y que ello los obligaba  a grandes desplazamientos en todas las direcciones.

Que ocurrido el desmembramiento de esa pangea denominada Gondwana, punto que él sustenta fue abrupto, esta ruptura encontró a distintos grupos dispersos en puntos terrestres diferentes y que, por las profundas modificaciones ocurridas en la corteza terrestre, se le impidió retornar a su lugar de origen, cuestión que, por otro lado no era habitual en ellos.

Aislados entre sí, cada colectivo, en el transcurso de los siglos, fue evolucionando hasta conformar razas diversas, comenzando a adaptarse a las nuevas condiciones climáticas y geográficas que debieron afrontar.

Que a medida que se alejaban de la zona ecuatorial, se fue modificando la necesidad de contar con la protección que la pigmentación oscura que la piel brindaba, por lo que esta se fue tornando cada vez más pálida, hasta conformar lo que denominamos actualmente, y mal por cierto, raza blanca.

Según esta aseveración, la mutación implica un debilitamiento de la raza originaria, debilitamiento que tiene otras manifestaciones palpables y medibles que confirman la teoría de la evolución darwiniana.

A estas elucubraciones y coincidiendo con Arnold J. Toynbee (Estudio de la Historia, Tomo 1, pag. 113 y ssgtes., Ed. Galerna, 2015) agrega que las nuevas dificultades que enfrentaron los grupos de la dispersión, les permitieron desarrollar una amplia inventiva cultural, tecnológica y social, superando rápidamente al conjunto que había permanecido en la tierra originaria.

Esto justificaría que en la actualidad la población de África fuera sensiblemente menor a la del resto de los continentes y también su atraso, producto de la comodidad de vivir en una tierra fértil.

Comparando estudios recientes, (del doctor David Keale, y colaboradores del King's College London, publicados en revista de urología BJU International, en los que coincide el Dr. Rhebra Benick, de la Universidad de Bloomington), con sus estudios antropológicos y paleontológicos, ha establecido que se viene experimentando una seria disminución en la longitud peneana de los hombres, tendencia que, afirma, con el transcurso del tiempo logrará la definitiva desaparición del referido miembro y por ende de los hombres.

En tal sentido, y conforme lo publicado por la prestigiosa revista científica, en la actualidad solo los países poblados por hombres de raza negra o sus descendientes directos, poseen una longitud peneana similar a la que originariamente tenían nuestros ancestros (República Democrática del Congo, República del Congo, Ghana, Nigeria, Colombia, Venezuela y Ecuador, estos tres últimos seguramente influenciados por la descendencia de esclavos africanos, son los únicos países que superan los 17 centímetros de longitud)

En el margen opuesto, se encuentran los países asiáticos (Corea del Sur, Corea del Norte, Camboya, Tailandia e India con menos de 10 cm) en tanto en una franja promedio estarían los europeos (Francia, Holanda, Dinamarca, Alemania, España), el resto de los americanos (Panamá, Perú, República Dominicana, Cuba, Brasil, etc.) y los habitantes de Oceanía, todos ellos con una medida de 14 centímetros, que vendría a ser la media mundial.

Este proceso de disminución peneana, cuya culminación sería la total desaparición del órgano, estaría provocando en las mujeres un contra proceso de modificación genética que les permitiría ser autosatisfactivas en materia reproductiva.

En base a estudios sobre partenogénesis, (reproducción sexual que consiste en el desarrollo de una célula reproductora hasta llegar a formarse un nuevo individuo, sin que se produzca fecundación y en donde normalmente es el óvulo el que se desarrolla de este modo, como ocurre en ciertos crustáceos e insectos) y en experimentos recientes llevados a cabo por científicos de la Universidad de Agrícola de Tokio en Japón liderado por el Ph. Tokohiro Kona que ha logrado que una hembra de ratón puede tener crías sin la intervención de un macho, llega a una conclusión contundente.

El hombre, macho de la especie, está por desaparecer de la faz de la tierra, y ello no está tan lejos de ocurrir, puesto que en las relaciones homosexuales y en el lesbianismo ya se perfilan los atisbos de una nueva raza humana, tal vez andrógina en su perfil visible, pero claramente femenina en su capacidad reproductiva, aunque ese feminismo sea de una ambivalencia tal que le permita la reproducción partenogenética.

Finalmente, Almond Parner, recomienda a aquellas mujeres que quieran en el futuro, seguir usufructuando los beneficios de un macho humano, tal como hoy se lo conoce, conservar el espécimen que tienen a su lado a buen resguardo y en lo posible, guardar células vivas del mismo por si acaso fuera necesario clonarlo.

En cambio, para los hombres actuales no ofrece solución alguna, están condenados, irremediablemente, a extinguirse.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Hermético

Adherido a un perpetuo estatismo
bosteza el espejo su tristeza.
El hermético silencio de la pared
lo condena a mostrar apariencias,
a seguir siendo solo un reflejo
de aquello que frente a él se presenta.


Ilustración: "Espejo hermético" - Carlos León

Altivo


Sin poder escapar, soy quien vuelve
del utópico vacío, trovador de fuego,
hombre paciente delante de un espejo,
reiteración que se deja de consumir
bajo el terciopelo de una suave mirada.
Soy ese amanecer que sigue inolvidable
con el cual quisieras despertar un día,
el relato que aventaja otras memorias,
la química que templa tus noches ciegas,
aquel soplo lleno de lunas que sueñas.
Soy ese cruzado seguidor de tus pasos,
el manso viento que te esculpe la vida,
la fugaz prestancia que roba tu sonrisa,
el altivo y erguido orgullo de un hombre
que en el corpóreo del roce de la piel
te descubrió inesperadamente mujer.

Lienzo barroco

Llueve como una escena final.
Etérea, la del pelo rojo sonríe.
En la otra ventana se delinea
un brillo que la va envolviendo.
El tiempo avanza con demora,
escuchando el gotear incesante
de un delirio reiterado y enojoso.
En secreto, como un juego erótico,
una melancolía moderada florece
desde su boca, con oculta felicidad.
La escena plagia un lienzo barroco
con una nostalgia de domingo azul.


Ilustración: "Magdalena penitente" - Carlo Sellitto

martes, 10 de mayo de 2016

Al decir adios


No hables de amor al decir adiós,
ni encalles tus naves destrozadas
con gritos de despedida al viento.
Se puede romper la luna y aún soñar.
El llanto de una golondrina herida
suele resultar muy amargo un día,
pero algún  extraño puede sembrar
distintos luceros en las suaves noches
y podrás cobijarte en sus tibias brasas,
abriendo otros rumbos en el mar de amor.
Siempre sal de toda vieja encrucijada
con  una viva sonrisa por toda despedida.
Nunca te vayas desnuda de cariños,
ni guardando recuerdos insomnes
que apresuren otros amores de cartón.

Puerta al infierno

El arte de engañar abre la puerta al infierno,
cobra su precio en varias fracciones de vida.
Crea sin palabras fatales relaciones letales,
en el juego de la vida echa abajo vínculos,
hilvanando una historia sin fin de mentiras.
De la noche de la falsedad nunca se vuelve.


lunes, 9 de mayo de 2016

Ultima frontera


En esa estación nunca pasa el tren,
ni se escuchan las músicas cotidianas.
A vos te gustan los domingos lentos,
de horizontes interminables y lejanos,
con vientos nómadas peinando la vías
y esas nieblas adornando los durmientes
jugando entre la nada y la esperanza.
En esa estación nunca pasa el tren,
ni los sobrantes de algún ferrocarril
o la alegoría de un desvarío de acero
que rompa la infiel monotonía de confines
dibujados sobre el lánguido suelo.
Me pregunto si tus ojos llenos de andenes
alguna vez embalaron los escombros
viajeros de esas miradas calladas,
se despidieron del reseco álamo sin sombra,
fueron al terraplén de carcomida madera
y buscaron en la impronta del norte
el aviso viajero del camino de hierro.
Pero no. Hasta cuando esperabas esperando,
por esa estación nunca pasó el tren.
Nadie observa las telarañas de la melancolía
que se tejen en la penumbra de tu existencia,
el amor no habita en esa última frontera
que ve plegarse a tu cuerpo en amarga soltería.

La caldera

El canal de televisión oficial cierra su transmisión exactamente a las doce de la noche ondeando en su pantalla la bandera nacional y con el himno de fondo.

A esa hora, José Antonio Lugones apaga desde el control remoto la TV, se levanta del sillón, va hasta la cocina, deja sobre la mesada el vaso de whisky con el que se acompañó viendo las noticias, y se dispone a acostarse.

En la cama ya Teresa Margarita, su esposa, duerme hace por lo menos hora y media. Después de más de treinta años de matrimonio, la cama no siempre es un lugar de reunión.

En el departamento frente al suyo, 1ro. A, Sofía Torres, arrastra sus ochenta años en un deambular en el que no termina de reconocer si ya ha anochecido o está en las vísperas del amanecer. Desde hace año y medio, las cosas y los horarios se le confunden, por eso no resulta extraño sentirla cocinar a medianoche o escucharla canturrear pasodobles a las seis de la mañana.

La planta baja del edificio no tiene departamentos, salvo la vivienda del encargado, dormitorio, cocina y baño, que se encuentra frente a las escaleras que suben hasta el cuarto piso, justo al lado del recinto que fue pensado para oficina pero que se usa para guardar trastos viejos y los útiles de limpieza.

Los ascensores quedan en el hall de entrada, son solo dos, el primero, baja al subsuelo, donde están las cocheras y la sala de calderas, y ambos se elevan hasta el cuarto piso, sin llegar a la terraza.

Es un edificio de un barrio bastante acomodado, de clase media, dos departamentos por piso, ocho en total e igual cantidad de guardacoches, de estos, cinco son utilizados por los propietarios o inquilinos, dos están alquilados y uno está desde hace unos meses sin uso, porque el del 3ro B vendió su Fiesta 2007, según dice para comprar un cero kilómetro, aunque Venancio, el encargado sospecha que es por una cuestión económica, las cosas parecen no irle bien.

Venancio trabaja en el edificio desde hace quince años, reemplazó a su padre, el encargado originario del edificio, quien falleció en un accidente laboral y para evitar conflictos legales, el consorcio decidió ocupar a su hijo y dejar que continuara ocupando la vivienda correspondiente.

Todos los días, exactamente a las siete de la mañana, Venancio inicia su rutina baldeando las veredas, la del frente del edificio que incluye la entrada propiamente dicha y los tres locales comerciales, y la lateral, que tiene la entrada de las cocheras.

Luego se dedica a asear los espacios comunes, palieres y escalera, repasa la terraza, distribuye la correspondencia y a las doce se toma su horario de descanso hasta las diecisiete en que retoma la jornada hasta las veinte horas.

La mayor parte del tiempo de la tarde lo ocupa en repetir las tareas realizadas por la mañana, y a partir de las diecinueve, luego de recoger los residuos y depositarlos en el contenedor, espera que llegue el final de la jornada, en la puerta de entrada, luego de haber revisado el funcionamiento de la caldera del subsuelo que provee calefacción central  a los departamentos.

El día y a la hora en que José Antonio apagó el televisor a las doce de la noche mientras Sofía Torres rondaba en sus tinieblas de sinrazón, la oficial Angélica Lozano, se estaba dando una ducha para luego enfundarse en su uniforme de la Policía, tomar un café negro que la ayudara a quitarse el sueño y emprender su viaje hasta la Seccional 35 donde presta servicios para comenzar su turno de veinticuatro horas.

Exactamente a la una y cuarto de la madrugada, desciende en el ascensor hasta la planta baja, en el trayecto, escucha un leve siseo al que no le presta demasiada atención, camina una cuadra y media hasta la avenida y espera el colectivo que la ha de llevar a su puesto de trabajo.


Cuatro pisos más arriba, frente al departamento de Angélica, Leandro Gutiérrez Lema, intenta por enésima vez vencer en el Gran Prix de Montecarlo con su Mac Laren, mientras continúa bebiendo Red Bull para mantenerse despierto y tratar de encontrar esa agilidad que le exige a sus dedos en el manejo de los botones del joystick que le permitan, Play Station mediante, coronarse como campeón de Fórmula 1. Ya el breve corte de luz de la medianoche le hizo perder varias oportunidades.

Los auriculares le permiten oír nítido el sonido de los motores, de las gomas chirriantes sobre el asfalto de Montecarlo, el aullar del público simulado y, de paso, impiden que se reiteren las quejas de los vecinos por los ruidos molestos a altas horas de la madrugada.

Un piso más abajo, Jacobo Arbens, del 3ro. B, repasa por enésima vez las facturas de servicios acumuladas, los resúmenes de tarjetas de créditos y el saldo de su cuenta bancaria, tratando de encontrar un mecanismo para que el total que el banco le dice tener en su cuenta corriente, resulte lo suficiente como para cancelar los compromisos más urgentes.

Quedó viudo hace seis meses y en ese lapso su vida se fue derrumbando, descuidó su negocio, una camisería más o menos prospera antaño, lo mantiene cerrado más de lo aconsejable y cuando lo atiende, antes acompañado de Sara y ahora solo, lo hace de manera desaprensible.

Una  y otra vez realiza sumas y restas, aumentando las sumas a depositar por las tarjetas de crédito, restando a los servicios, posponiendo expensas, pero los números no le cierran.

Va hasta la cocina, donde se acumula la vajilla de varios almuerzos y algunas cenas, intenta encontrar un vaso limpio que no encuentra, toma el que ha usado unas horas antes y al querer lavarlo se da cuenta que no hay agua. Igualmente decide usarlo, en la heladera, se sirve un poco de leche y vuelve a su mesa cubierta de papeles.

Un gorgoteo de cañerías en desagote le hace detenerse antes de salir de la cocina.

En el 3ro. A, María Luisa acaba de cambiar los pañales a Benjamín y lo amamanta a oscuras, mira el reloj despertador y ve que son las dos y cuarto, en un rápido calculo estima que si Benjamín se duerme en diez minutos, le van a quedar cuatro horas y media mas de sueño, suponiendo que el bebé no se despierte nuevamente. Luego, a partir de las ocho, Rosita se va a encargar de él por ocho horas.

El chupeteo que produce el succionar de Benjamín parece ir acompañado por ese borbotón que recorre las paredes, seguramente producto de alguna burbuja de aire en las cañerías.

Carolina y Roberto difícilmente puedan escuchar ni al bebé que se amamanta un piso sobre ellos ni el sonido que las cañerías producen, llevan apenas tres meses de casados y las noches se ocupan poco en dormir. La pasión los mantiene despiertos y en continuo ajetreo desde minutos después de la cena, que muchas veces realizan en la propia cama, hasta prácticamente el amanecer.

A las cuatro y cinco, Carolina, dándole un beso le pidió un momento a Roberto para ir al baño y de paso, traer una gaseosa que pudiese calmarle la sed que el amor despierta.

El único departamento que permanece vacío a las cinco de la mañana es el 2do. B. José Luis Vargas, un cuarentón soltero nunca llega a él antes de esa hora. De buen pasar, que pone de manifiesto en el Peugeot 207 Coupe Cabriolet, rojo Caribe que en ese momento está ingresando a las cocheras, se permite el lujo de estirar los after office desde la hora en que pone llave a su estudio contable hasta que el sueño comienza a dominarlo.

Esa madrugada, del deportivo que acaba de estacionar baja José Luis y una veinteañera vestida con una calza negra brillante y un breve top tornasolado.
Mientras espera el ascensor para subir hasta su departamento de soltero, José Luis escucha que algo está bullendo en la sala de calderas, le pide a la veinteañera que lo espere con la puerta del ascensor abierta e intenta averiguar la razón del ruido que sale de ese lugar que contiene el artefacto que mantiene cálido y abrigado la totalidad del edificio.

Abre la puerta, enciende la luz con el interruptor que se encuentra a la izquierda, y observa el termo hidrómetro que mide la temperatura interior de la caldera y que se asemeja al tacómetro de su coupe Peugeot 207, y asombrado lee que la temperatura marca 120°.

Pese a la hora, decide avisarle a Venancio, el encargado, aún sabiendo que a esa hora debe estar durmiendo. Empuja con suavidad a la veinteañera hasta el fondo del ascensor y pulsa la tecla de planta baja. El ascensor inicia su movimiento hacia arriba.


La explosión primero dio un impulso de ascendente al elevador, luego, como si fuera una mano invisible lo inclinó hacia el hueco de su gemelo que se encontraba detenido en los pisos superiores y sin que ni José Luis ni la veinteañera pudieran darse cuenta, los precipitó nuevamente al subsuelo de cocheras envuelto en  polvo, escombros y el resto del edificio cayendo sobre ellos.


lunes, 2 de mayo de 2016

En todo


En el cuarto habita la sola presencia de su ausencia.
Pequeños detalles crecen en ese vacío que ocupa todo,
los retazos de su existencia decoran el ambiente
marcados en esas cicatrices que agrietan las paredes.
La seducción de un perfume olvidado aún perdura
pese a las flores que regalan margaritas y malvones.
El aire guarda lealtad a quien ya no se encuentra
y mantiene viva una armonía que los muebles añoran.
En todo anida su entrañable figura, hoy extrañada.


Ilustración: "Cuarto vacío" - Amalia Benavidez de Veiga