jueves, 8 de diciembre de 2016

Salsa de letras

A menudo escribo de muy lejos,
desde allá, detrás de la hierba,
recluido en el desierto del ruido.
Escuchando la voz del viento.
Entonces me pienso inspirado,
quito los sueños de la mochila,
les llevo un poco la contraria,
y entre serio e irónico, dejo
que goteen como melenas
o como negra salsa de letras
y prolijos, los archivo en papel.


Arterias abiertas


Un transeúnte sin bolsillos
busca tener un lugar entre el mañana y el ayer.
No sabe que ya han inventado el hoy,
único tiempo en que se vive.
Frente a mí el espejo mastica un eco,
algo sale dispuesto a no ser visto
y se eclipsa en el vaho aunque no me lo diga.
Arrojo por el aire la mesa y la silla.
Se quedan estáticas, como una fotografía.
El agua corre por mis dedos,
se mueve, me toma y se regresa,
ondea en el horizonte y se divierte en mi voz.
Se repite el arco iris reflejado
sobre una oxidada lata de cerveza.
Se me ocurre que me grita:
“Cuando me olvides te recordaré en la espuma”
¿Quién quiere recordar un nombre
con todas las arterias abiertas?

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Quien me saca

Una nube de dudas pasa esta mañana.
En alguna parte el sol aún no asomó
y en otras empieza a llover sin parar.
Alguien está esperando un colectivo
sin paraguas y con zapatos gastados.
A repetición se ríe un conductor de tv,
se pierde una llave y la puerta queda abierta.
Un mismo pájaro anida en el árbol viejo,
en el silencio, se derrama un mar nuevo.
Esa casa en la calle no es la mía. Ni lo será.
Estas cosas pasan mientras me levanto,
me preparo el desayuno e intento salir
sin leer el diario. Sin saber las noticias frescas.
No me alcanza el tiempo. Debo madrugar,
levantarme ante que el sol se cubra
de novedades siempre distintas y diferentes.
¿Pero quién me saca del lecho estando juntos?


martes, 6 de diciembre de 2016

Involuntariamente


Esa noche con nosotros no había ningún ángel.
Sin hacer ruido, los pies descalzos se rozaron,
el estremecimiento se apropió de nuestra piel.
Como al descuido unos labios apenas se rozaron,
la rodillas primero se tensaron y luego, blandas,
dejaron que los dedos abreviaran las distancias
hacia otros labios que no podían pronunciarse.
Al principio los cuerpos no parecían tan audaces,
estaban confundidos bajo esa luz noctámbula.
Buscábamos emprender el camino esperado
no sabiendo muy bien como poder encontrarlo.
Fuimos dejando atrás pequeños miedos dormidos,
hasta encontrar donde quedaba algo de la música
en esa desnudez que nerviosas recorrían las lenguas.
En algún momento superamos el indefenso umbral
y fuimos hacia el escalofrío que nos invadió la espalda.
Después todo fue naturalmente humano. Cálido,
con crepusculares ondulaciones desde la cúpula
hasta los cimientos de la inocente rosa silvestre.
Nos dejarnos arrastrar con tanto ímpetu, que el tiempo
quedó atrapado en su propia telaraña. No hubo ángeles.
Es cierto. Involuntariamente pudimos encontrarnos
en el paraíso sin haber abierto siquiera la boca.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Sangre de Cristo

Una antigua belleza esconde su muerta mirada,
algún origen remoto se desabrocha de la greña
que encubre el todo de su pureza todavía intacta,
Algo aún recuerda que en un tiempo fue hombre,
dicen muy poco sus silencios de doble filo.
No fue sangre de Cristo lo que hoy lo agoniza,
derrumbado por sombrías calles y callejones
de embriagadas ausencias. Tanta gente pasa
con el corazón traspasado de ojos cerrados,
que no atinan a ver sus exangües esplendores.
Para ellos es solo algo degradado, amarga mirada
caída en dionisiacas nubes que  oscila de lado a lado.
La cara común de los días que vive tirada en la vereda,
yaciendo en alcohólicos sueños ofendiendo la pulcritud
virginal de todo buen ciudadano y propietario.


Punto cítrico



En un descuido, los fluidos de la naranja
trazan surcos en la barbilla del niño.
Corren lentos y ondulantes por su cuello
y se llegan hasta la colina reluciente,
brillante de hartura, que es su panza.
La respiración carnosa del infante sube,
sube, baja y se renueva en ese vientre
modulado por rocíos de jugo de naranja.
El niño es una nada en el cordón de la vereda,
pasa desapercibido, calcinado en la memoria
de la tarde ardida de un murmullo tranquilo.
Un pulso que se abre y se estremece, lento,
detrás de una naranja que su mano aprieta.
Una mancha de tinta china con un punto cítrico.
Una nada, lo omitido, lo inexacto, y sin embargo,
visto de algún modo, solo él es poesía.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Peldaño de letras

Galopando sobre palabras
descubro que soy
apenas una rebanada
de la semilla que yo soy.
El mismo de antes,
solo que ahora más viejo.
Una demasía de tierra
me penetró el cielo
por arriba de mi cabeza,
salí de ella con andamios
difíciles, arduos,
verticales con sus peldaños
de letras como piedra angular.
El tiempo como una roca pesada
que acumulaba párrafos,
los levanté, los acomodé,
y otra vez estoy aquí
en este trebejo de vocales
y consonantes en vilo,
palpablemente inconcebibles,
con las que creo desde que abro los ojos
para dejar migajas de lo que soy
en esta mitad de la vida
en la que voy construyéndome.




Perro de porcelana


Entra por la ventana,
cólmame de significados.
Saboreemos el café,
rodemos a los sitios apropiados.
Yo sigo saludable y firme,
tengo una sombra
y un perro que no ladra. Es de porcelana.
Puedo estar equivocado
si eso es lo que quieres. No me cuesta nada.
Todo este grito pidiendo ayuda
da un nuevo sentido a las pequeñas
e insignificantes tonterías.
Tu perfume me penetra en cada instante,
pero solo el silencio responde a mis gritos.
El perro de porcelana me mira,
no entiende, arruga la frente
y sé que en el fondo le gustaría entender.
Antes que se cierre la ventana
quédate un rato conmigo.


Mazmorra

Ahora cierro mi boca, y apretó mis dientes.
Los mismos que violentamente se reprimen
cuando tan cerca tienen el aura de tus pezones,
ese juego de simetría que deleita mis labios.
Los mismos con los que callo llamarte desde lejos
o beben el aire cálido de tu cuerpo desnudo.
Los que se esconden en tus refugios
en las neblinas del sueño o en la fiesta de tu risa.
Apretó mis dientes en el pórtico de mi boca.
Otra vez lo mismo. Encender los cigarrillos
esperando que suban las vacías
columnas de humo por la delicada materia de tu piel.
Resulta sumamente difícil seguirlas,
son fenómenos artísticos que te contornean y dibujan,
como difusos substitutos de la sangre,
te recorren como desearía hacerlo con mi lengua.
Esa, que está enjaulada en la mazmorra de mi boca.


Cuando todo estaba bien



El calor es una luz estridente en la obviedad.
Allí se rebelan los cinco sentidos.
Es un invisible humo cortante que me circunda.
Lo sabía desde antes de ayer,
lo delató el pronóstico extendido del tiempo,
lo anunciaron junto la importancia del sol sobre las flores.
Ya hoy, en este momento,
el cuerpo es un desnudo indefenso condenado a sudar,
los geranios en la ventana aplauden.
Sentado, como un buda despreocupado, presagio mis fatigas.
Los días son largos llegando el verano,
vagabundean como jirones recién llegadas golondrinas.
Tú sigues conmigo, aunque ya no estamos,
el calor dilata los cuerpos y las distancias entre los cuerpos.
Entonces hago solamente lo que siempre he hecho,
calculo la posición de las sombras,
perennemente huyendo del lenguaje del fuego,
y pienso en antes, cuando todo estaba bien.