Tu carne, y su perfume intenso.
Las pieles ásperas, casi bárbaras,
vestidas con el color del infierno
desde corazón y hasta el vientre.
Manos frías y lenguas cálidas
sobre esa trascendencia sin nombre,
sin edad, enteramente desnuda,
que espanta ejemplos moralistas,
mientras ambos bostezamos
nuestro temporario agotamiento.
Contrabandistas de la propia piel,
hurgamos vocales y consonantes
en las incógnitas de la vergüenza,
simulando una fugaz fuga ridícula
hacia donde no nos estorbe el cuerpo.
Ilustración: "El infierno es azul" - Dulce Leon
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