sábado, 5 de septiembre de 2015

Decepción


Con la serenidad escrupulosa de los que están acostumbrados
disfruté, pues, en silencio de lo que en silencio debe disfrutarse.
Fue en un atardecer de aquel entonces, a  puertas cerradas,
con la boca abierta, inmóvil, echado a lo largo del mullido lecho.
Corría el crepúsculo y brillaba, cada vez más clara, la luna en el cielo,
como obedeciendo casi a un viejo pacto no olvidado.
Unos dedos me hablaban en suave morse sensorio,
por ello ardía en júbilo exaltado a ratos, extasiado en otros.
Al entregarme a sus manipulaciones olvidé que estaba
siendo nuevamente operado en aquel viejo hospital.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Irme decente

Quiero irme decente,
mirando con insistencia al cielo.
Con la boca apretada,
buscando una brecha para marchar,
girando en círculos concéntricos,
para irme sin terminar de irme.
Un día de mucho frío subir bien alto,
envolverme en nubes y solearme en ellas
como un pedrusco vigoroso.
Pero no hay que temer,
mi destino es permanecer inmóvil,
una pequeña bola de arcilla,
demasiado prolija y sin sentido,
empujándolo todo
para irme sin terminar de irme
hacia la lejanía borrosa del horizonte.


El día que entristeció el Mar


Como desde el comienzo de los comienzos el mar besó la orilla y allí dejó al niño.
Luego se retiró. Con una profunda y honda tristeza se retiró, fatal e ineludiblemente triste el mar fue dejando cada vez más lejos la playa, generando nuevas playas.
Y no fue solo el Mediterráneo, sino que el mar en todo el mundo, irrevocable y forzosamente triste se fue replegando sobre sí mismo, como un caracol que ha tocado la sal.
El Mar Negro, el Blanco, el Rojo, el Caspio, el Adriático, sus cuerpos mayores también, los Océanos, sumidos de congoja, retrocedieron hacia su propio interior. El Atlántico, el Pacífico, el Índico, el Ártico y el Antártico desertaron de las costas hacia su propia profundidad interna.
Así, de pronto y sin dar aviso, el mar todo, los cerrados y los abiertos, los internos, los de golfos, bahías, caletas y ensenadas, los propios y los compartidos, todos, absolutamente todos, que en definitiva no son más que solo un mismo mar, ahondaron su pesadumbre dejando de acariciar las playas.
A poco de esto suceder, los ríos dejaron de encontrar al mar y se desorientaron, volvieron sobre sí, abandonaron desembocaduras, rías, deltas, estuarios, retornando cada uno a su origen con todos sus afluentes.
Los hubo que revirtieron a las montañas altas y poco a poco fueron fundiéndose en nieve, otros se regresaron a las propias entrañas de la tierra, de donde habían salido siendo chorrillos, manantiales, fuentes, hubo los que retornaron a los lagos, y estos, al perder sus desembocaduras, también se concentraron hacia su misterio profundo.
La tristeza, esa dama gris vestida de aflicción y desconsuelo, primero se encarnó en el mar y luego en todos los ríos, en los lagos, lagunas, charcos, en los pequeños nacimientos de las altas montañas y todos se menguaron en congoja.
Escondido el mar y las aguas, la tierra fue un yermo seco.
Los hombres vieron, sorprendidos, como quedaban varados en sus puertos, muelles, fondeaderos, dársenas, ancladeros y costas todo tipo y variedad de naves, buques, yates, barcos, bajeles, desde pequeños botes pescadores de remo hasta imponentes navíos transatlánticos quedaban allí, inútilmente escorados sobe la recién descubierta tierra.
Primero se preocuparon las marítimas villas turísticas, ¿que habrían de ofrecer Cancún, Marbella, Valparaíso, Acapulco, California, Cuba, Copacabana, Vallarta, Whitehaven Beach, Phang Na, Mauritania, Ciudad del Cabo, Seychelles, y tantas otras que habían cimentado su fama y su fortuna en la presencia del mar, hoy ausente?
Luego fueron las empresa de crucero, mas tarde los pescadores, los pequeños, los artesanales, los palangreros, los de arrastres, los atuneros.
Los únicos que vieron con buenos ojos que el mar dejara al descubierto más tierra, fueron los gobiernos de los países con litoral marítimo. Al fin tendrían mayores territorios: ya no dejarían de ser pequeños Japón, Corea, Maldivas, Mónaco, Nauru, Chile y otros que por allí andaban desperdigados y cuasi desconocidos. Extenderían sus dominios, (ya de por si extensos) Canadá, Estados Unidos, China, Rusia, Brasil, Australia, India, Argentina y otros más algo menores que limitaban antes con el mar.
Pero antes de lo que un gallo canta, la preocupación y la alegría, todo se invadió por el terror.
El mar se había ido, es cierto, pero su retiro definitivo de la tierra, dejaba restos, no solo de tesoros y galeones sumergidos, prontamente inútiles, de ocultas ciudades antes submarinas, sino de miles de millones de fenecidos seres que, privados de su natural elemento, hedían en su rápida putrefacción infectando el aire con nauseabundos vahos.
Se hartaron los carroñeros con tan funesto festín, pero ni aún saciados de toda saciedad lograron quitar más que una mínima porción de aquella hecatombe de masa mortuoria, y rápidamente esta aumentó en tamaño y dimensión, puesto que, ausente el agua de toda la faz de la tierra, no tardaron los mamíferos, las aves, los reptiles, es decir los animales todos, incluidos los insectos, en perecer desecados cual arenques ahumados.
La desesperación cundió en la humanidad, no había pozo, oasis, lluvia, nieve ni planta química alguna que lograra una mísera gota de agua. Las reservas envasadas fueron botín codiciado, el caos se instaló en las sociedades.
En la certeza de que resultaba inútil toda conquista bélica, toda invasión, o guerra, puesto que ninguna victoria podía asegurar hallar lo que ya no existía, debieron los hombres y mujeres, la humanidad entera, abocarse a la tarea de encontrar una gota de agua, una sola aunque más no fuera.
Se perforó a diestra y siniestra, en valles, cumbres y llanuras, se incendiaron bosques para derretir glaciares, se cazaron nubes para lograr que lloviera, se juntaron orines para destilarlos buscando agua, pero solo ácido úrico y algunas sales se lograron. El agua ya no estaba y nunca más habría ya de estar.
Comprendieron los humanos seres su final, renegando de su necedad original: entristecer al mar, sus rostros prostraron en el estéril suelo, llorando con desconsuelo, pero, en su castigo, ni una sola lágrima obtuvieron.
Absortos en su padecer, embriagados en su propia estupidez, nunca atinaron a descubrir que todos los tristes mares, todos los océanos, los ríos, riachos, manantiales, chorrillos, lagos, lagunas, y hasta la más mínima gota de agua que alguna vez, desde el principio de los principios existió en la tierra,  se acurrucó con sus pesares, en esa imperceptible lágrima que habita el ojo del niño que un día, el mar dejó en la orilla.
(in memoriam Aylan Kurdi)

jueves, 3 de septiembre de 2015

El oficio mío

La mañana llena el cuarto,
y el perro una vez más
libra una batalla sin final
alrededor de su cola.
Yo observo el techo
sin apartar la nuca de  la almohada.
Me encanta esa foto
de nubes algodonosas y plomizas
tomada junto al mar,
tiene olor a un mar manso y pródigo,
a océanos remotos y de aguas profundas.
Me siento viejo esta mañana,
solo y en silencio,
a no ser porque ese perro
gruñe hambriento.
El aire pesa a olores sofocantes,
a sincera tristeza.
Resulta enojoso tener que levantarme.
Hoy, el oficio mío, es estar cansado,
y mirar el mar dentro del marco de la foto,
aspirar sus perfumes salobres,
sentir los ritmos de las olas
y todas las sinfonías de las tempestades.
Me acurruco a seguir soñando,
pero ese perro, viejo y desdentado,
pisando sin pisar, como pisan las sombras
clava sus ojos en mis ojos culpables.


Ladronzuelo



Lo aprendió de muy chico. No supo bien cuando empezó ni como, aunque tal vez la primera vez haya sido por picardía, de  puro juguetón nomas. Pero pronto se le hizo costumbre, una práctica que le resultaba fácil llenándolo de gozo y satisfacción.
No era difícil hacerlo, a su favor jugaba su cara inocentona, esos ojos negros como de perdiz, el mechón de pelo cayéndole en la frente, y esa sonrisa innata que mostraba unos dientes blancos y parejos; y ni que hablar de las oportunidades que la gente le brindaba. Siempre iban todos distraídos, metidos en sus cosas, estando como ausentes de donde estaban.
Así resultaba fácil hurtarlos sin que se dieran cuenta. Por lo menos en el momento, tal vez mas tarde si se percataran de lo que les faltaba, algunos supondrían que se les habría perdido, otros, lo más avispados, tal vez llegaran a la conclusión de que habían sido timados. Lo que nunca podría imaginar era cuándo y por quien.
Así fue como se hizo ladronzuelo y así fue como vivió y vivía de ser ladronzuelo.
Pero no un ladronzuelo común y silvestre, de esos que arrebatan todo sin importar lo que se llevan. No señor. El era, y es, un ladronzuelo delicado y especializado, solo sustrae lo que le interesa, lo que elige metódica y prolijamente, lo que agrada a su espíritu, en resumen, podemos decir sin temor a equivocarnos, que es un ladronzuelo entendido en la materia que lo ocupa.
Es un ladronzuelo de miradas.
Sí señor, solo se apropia de las miradas que le interesan, sin que sus dueños se den cuenta. Las toma sin permiso, obviamente, y con gran disimulo se las lleva consigo hasta su pequeña pieza de la calle Catamarca, allí, a la altura de la Autopista, esa que corre casi sobre el techo de su habitación.
Su cubículo se encuentra en la azotea de la Casa de los Tres Cuartos, la que está escondida detrás de esa tapia alta con una sola puerta, a la derecha, según se entra, del largo pasillo franqueado a la izquierda por el inmenso paredón de la Panadería.
El pasillo es largo, diez o quince metros desde la puerta de entrada, sobre el final gira a la derecha y desemboca en un patio ancho, de tres o cuatro metros, en el que, a la derecha están las habitaciones que se alquilan: en la primera, Celestino y doña Luzia, los portugueses que tienen un puesto de pescado en el mercado de la calle Inclán. Frente a su habitación, cruzando el patio, esta la cocina a kerosene donde todos los días cocinan sardinas con vino blanco.
Celestino y doña Luzia, tienen olor a naftalina. Lo siente cuando atraviesa esa parte del patio.
Después viene la pieza de don Nicosia, un tano de Catania que oficia de zapatero remendón en un local que alquila frente a la Plaza Martín Fierro, casi nunca esta, y cuando esta, casi nunca habla, solo saluda con un “ciao” mordido entre dientes.
Al fondo están las dos habitaciones y la cocina de los Bartomeu, un matrimonio catalán que tiene dos hijos, Alberto, que quiere ser jugador de futbol de San Lorenzo y Concepción, llamada familiarmente Conchita, una morocha de hermosos ojos y nada más, porque apenas si está entrando en la adolescencia y todavía no se desarrolló.
Los Bartomeu rotan toda la semana por distintos barrios tienen un puesto en la feria, pero nunca llega a recordar de que es el puesto de los Bartomeu, aunque le parece que es de fiambres o de almacén.
Al costado de las piezas de los Bartomeu, hacia la izquierda, están los baños, dos con retrete y dos que solo tienen duchas, y frente a ellos, los piletones para lavar la ropa.
Allí es donde nace la escalera, de hierro, pintada de verde, pintada es un decir, porque está bastante descolorida, que lleva a la terraza donde él tiene su pieza, un cuartucho de tres por tres, con techo de zinc, que está casi debajo de la autopista.
Esa es su guarida, allí guarda el producto de sus pillerías: las miradas.
Con ellas tiene decorado el cuartucho: las miradas lánguidas ofician de horizonte, arrancan de la mitad de la puerta, circunvalan la pieza con pequeñas elevaciones por aquí, luego se nivelan, rodean la cabecera de la cama, se alzan sobre la pared opuesta y descienden casi hasta el piso al llegar nuevamente a la puerta.
Luego están las miradas vacías, sin color ni energía, poco expresivas, en ocasiones están por sobre las lánguidas, otras bajan hacia el piso o se pierden la pared, hacia el infinito, generalmente las acompañan las miradas perdidas, extrañas, extraviadas y sin rumbo, como deambulando por ningún lado.
De vez en cuando se intercalan algunas miradas ingenuas, claras, limpias, dulces, que dan un toque de honestidad y sinceridad espontánea al conjunto, en contraposición a estas, también de manera fugaz, suelen asomar miradas esquivas, como con cierto temor a ser descubiertas o reconocidas por algo, como si mintieran o se estuvieran ocultando.
Hurgando bien entre todas las miradas, se pueden distinguir las que le resultan más difíciles de hurtar, las miradas profundas, transparentes y que observan fijamente pero con suavidad.
Alrededor de la puerta y sobre el ventanuco que da a la terraza, se amontonan las miradas tristes, de ojos caídos, lacrimosas, como si aún añoraran el estar con sus desposeídos dueños.
Ocultas en los marcos, en el zócalo y en la junta de las paredes con el techo, como cucarachas, se hallan las miradas maléficas, estas son miradas fuertes, fijas, cargadas de envidia, generalmente en yunta con las miradas que matan, esas que expresan malos deseos al mirar con odio, rabia y recelo.
Hay otras que, cuando las observa, nunca sabe bien si ponerlas al lado de las oscuras o no, son las miradas retadoras, las que se muestran con la ceja levantada, ojos que miran fijo, de frente, que escudriñan, tal vez recriminándole el haber sido despojadas de sus dueños.
En el techo, justo sobre la cabecera de su cama, se agrupan las miradas amorosas, cargadas de afecto positivo, profundas, suaves, idealizadas, algunas de las cuales casi le resultan miradas libidinosas, que lo observan como si lo desnudaran.
Las que siempre le dan trabajo para encontrar, son las miradas ausentes, que divagan por otros caminos, esas miradas serenas pero distantes que no le prestan atención suficiente.
Con las que se siente a gusto y las disfruta con verdadero placer cuando por fin las encuentra,  son las miradas seductoras, esas con los ojos semiabiertos, profundas, cargadas de sensualidad, plenas de prometedores goces y ciertas delicias. Son las que desea encontrar cada noche antes de cerrar sus ojos, para soñar con ellas, disfrutarlas.
Pero es en vano, cuando en la madrugada el cansancio lo vence y se entrega al sueño, indefectiblemente lo acompañan las miradas de reproche, esas que miran de frente, con serenidad, manteniéndose fijas, como si hurgaran realmente dentro suyo y le transmitieran un regaño a su alma metiéndose en sus sueños y le sermonearan su actividad.
Pero él no se rinde, seguirá con su ilegalidad de hurtar miradas, por lo menos hasta que pueda encontrar la única que todavía no ha hallado, la mirada del amor.


Ilustración: "Calle de Nueva York con luna" -  Georgie O´Keeffe

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Feroz instinto

La sombra de la sombra esta junto a la puerta,
como una poderosa voluntad de olvido,
como una nebulosa ensoñación no real,
ocupando las horas de la imaginación,
obligada mezcla de indulgencia y ansiedad.
El encuentro intuitivo se produjo.
Ella balanceó sus pestañas en el aire,
él se anduvo receloso por un sentimiento atávico.
Entre las enramadas invisibles de lo agridulce,
sus labios en la noche se juntaron
en un tropel desordenado de sombríos miedos.
Cierta cortesana desfachatez unió las manos,
los ojos se les llenaron de feroz instinto
y un grito largo, de animal en celo,
se alejó hasta donde terminan las palabras.


Ilustración: "En celo" - Carlos Piqueras Romero

La clonación


Atic Nahuel Sojo, hijo de un migrante japonés y de una criolla mestiza con sangre mapuche, nació en Bajada del Agrio, Neuquén en 1939, cuando era raro ver por allí un japonés.
Es biólogo molecular, pero antes estudio Ciencias Biológicas en la UBA y anduvo de paseo mucho tiempo coleccionando especímenes marinos.
Anduvo por el Mediterráneo, por Asia, por Oceanía, por Brasil, y también por Centro América, siempre buscando el mar y sus bichitos. En sus largos viajes leía y leía mucho, hasta llegó a leer a Herodoto y allí se enteró que por el siglo IV AC, los etíopes decían poseer una fuente de la Juventud que les permitía mantenerse siempre jóvenes.
Bañándose en el mar del Caribe encontró una medusa pequeñita, muy pequeñita, tan pequeñita que la uña de su dedo meñique le resultaba grande para sostenerla, preguntó como la llamaban por allí y le dijeron que le decían la “medusa perpetua”, porque nunca se moría.
Intrigado, fue a ver a un viejo pescador que le mostró una que guardaba en una pecera y que según él había heredado del bisabuelo de su abuelo y siempre estaba allí, flotando sobre un montón de pólipos del fondo de la pecera.
Como buen biólogo, se intrigó y recogió del mar unos ejemplares que  guardó cuidadosamente.
De regreso a su hogar se enteró que se científicamente se llamaba Turritopsis Nutricula y que efectivamente era el único caso conocido de un metazoo capaz de volver a un estado de inmadurez sexual, colonial, después de haber alcanzado la madurez sexual y por tanto teóricamente, este ciclo puede repetirse indefinidamente, presentándose como biológicamente inmortal.
Después de muchos estudios e impulsado por el apetito de saber que guía a los jóvenes, decidió clonar una célula suya mezclándole ADN de su estudiada Turritopsis.
Debía andar por los veintiocho, treinta años cuando realizó este experimento.
La clonación fructificó y en poco tiempo Atic Nahuel se encontró con que en su laboratorio tenía un hermoso bebé que crecía rápidamente, digamos algo así como tres veces más rápido que los bebes que nacen producto de una reproducción natural. Llamo Hitotsu a este niño, que en japonés quiere decir uno.
Hitotsu, creció rápidamente, al año ya parecía de tres, a los tres de nueve y a los seis de dieciocho.
Cuando alcanzó Hitotsu esa edad, también logró su despertar erótico y con él su madurez sexual, allí nuestro biólogo comenzó a notar que Hitotsu repentinamente dejó de crecer y, al contrario, se iba rejuveneciendo, al punto tal, que al cabo de seis años, nuevamente era un bebé.
Pero que llegado el momento de su retornar a los pañales, recomenzaba el ciclo de crecimiento, idéntico e igual al originado por la clonación.
Cuando este reciclaje de Hitotsu cumplió su ciclo Sojo ya tenía más de cuarenta y cinco años y algo más de sabiduría, lo cual lo llevó a pensar que algo estaba mal, puesto que su pequeño Hitotsu no superaba los dieciocho años.
Realizó nuevos estudios, mejoró algunas técnicas, hizo algunas consultas y finalmente decidió clonar una nueva célula suya. Así hubo de nacer Futatsu, o sea dos en japonés, quien repitió la misma historia que su hermano Hitotsu, solo que en lugar de comenzar a rejuvenecer a los dieciocho años, lo hacía a los quince.
Nuevamente esperó que Futatsu cumpliera el ciclo y que Hitotsu llevara otros tantos, cuando, a los sesenta y pico, Sojo, realizó su última clonación, de la que surgió Mittsu, tres, quien a su vez crecía al mismo ritmo que sus predecesores, pero comenzaba a rejuvenecer alrededor de los once años.
Hoy, los ojos de Sojo ya no son los de antes, ni tampoco su interés por la ciencia, pero aún se lo puede ver paseando todos los días por el Jardín Japonés de Palermo, algunas veces con tres muchachos de once, quince y dieciocho años, idénticos a él, otras con unos niños, el mayor de los cuales no supera los nueve años, mientras el menor transita en un cochecito jugando con un chupete o tomando una mamadera.

martes, 1 de septiembre de 2015

Lluvias suaves

Vendrán lluvias suaves
con un viento templado.
Susurrando en los eucaliptos
cantan las ráfagas en la copa.
El fuego pesadamente,
sin ver a nadie ni saludar,
soporta la mirada de otros.
Quizás también tolera
una mirada de mujer,
y ese secreto intolerable
que guarda reservada,
la sigilosa inmovilidad
de la luna en la ventana.
Vendrán lluvias suaves.
Los párpados del hombre,
abiertos en la oscuridad,
posados sobre el fuego,
mientras trabajosamente
la luna alumbrará su cara.


Plato de sopa


Antes de olvidar,
enhebra trenes
mientras revuelve la sopa.
Muchos años han pasado.
Ahora, mira por la ventana,
allí está el ferrocarril
bailando alegremente
sobre rieles de plata.
Una línea que corre
por el piso de parqué,
que lleva hasta el puerto,
hasta el anclado barco
de turbinas sonoras,
levemente escorado
sobre la alfombra azul,
donde un hombre triste
bebe coñac y fuma.
Casi instintivamente
el niño se desvanece,
se lleva consigo el tren
y también el plato de sopa.

Eligiendo celular

Corría la mañana del 15 de marzo de 1981, cuando Martín, cansado de que la batería de su teléfono celular se le agotara al cabo de una hora, cruzó la puerta de Argentina Mobile Communications, para cambiar su viejo aparato por uno mas moderno.
Martín es un joven economista, graduado en la Universidad del Estado, con un master en Micro Finanzas en el MIT, otro en Economía Política de Harvard, y diversos cursos, todos de base económica realizados en las mas prestigiosas universidades del mundo, Stanford, Berkeley, Oxford, Yale, han visto transitar su delgada figura por sus pupitres.
En tanto continúa actualizando sus conocimientos económicos en acreditados claustros, laboralmente se desempeña como Gerente General de NonVerba Ltd. South American, filial local.
Sus oficinas ocupan dos pisos en el Palacio Vera, un edificio de estilo jugendstil austríaco sobre la Avenida de Mayo al 700; la principal función que desarrolla conforme a la política de la empresa, es la de inculcar a sus asociados, en general organismos gubernamentales y grandes empresas transnacionales, la cultura de ahorrar tiempo.
El viejo adagio “el tiempo es oro”, NonVerba Ltd. South American, perteneciente al grupo NonVerba World Inc., lo expresa con la sentencia latina “Non verba, factum est” que rubrica el logotipo oficial de la compañía.
Ahorrar tiempo, hechos no palabras, a eso se dedica Martin, y es por esta razón que es un enamorado de ese maravilloso invento recién arribado que es el teléfono celular, con el puede trabajar casi las veinticuatro horas del día, todos los días de la semana el año completo si quisiera, sin importar donde se encuentre. Sus clientes siempre podrán ubicarlo y él siempre podrá dar órdenes a sus empleados.
No perder tiempo, es su lema, lema que la batería de su teléfono Ericsson NMT 450 de primera generación, se empeña en combatir incansablemente, dejándolo incomunicado al cabo de una hora de comunicación.
Por eso está allí, cruzando la puerta giratoria de Argentina Mobile Communications para ver la posibilidad de adquirir uno mas avanzado o al menos que le permita una mayor duración de la bendita batería.
Obsesionado como es por el tiempo, al momento en que comienza a rotar la puerta, observa su reloj pulsera, un Omega Constellation 1980 que adquiriera en unas vacaciones en Berna, las agujas marcan exactamente las nueve y cuarenta y cinco.
Argentina Mobile Communications es un negocio nuevo, está a unas dos cuadras de su oficina, sobre Esmeralda, yendo hacia Corrientes, detrás de un mostrador, enfundado en un traje Principe de Gales, camisa blanca y corbata roja, se encuentra José Rodrigo que lo saluda con una sonrisa y extendiéndole la mano.
Enterado del problema que acongoja a Martín, José Rodrigo, le informa que acaba de ingresar a su negocio  un modelo muy superior a su Ericsson NMT 450, que tiene igual mejjorada a la del modelo sueco, y uniendo hechos a las palabras, saca de la vitrina un AMPS- MCS-L1, mientras le explica que es de origen norteamericano, desarrollado por Bell, famosa empresa de comunciaciones y que entre sus diversas ventajas cuenta con 832 canales dobles, cada uno de ellos con un ancho de banda de 30KHz, y banda de frecuencias usada va de 824 a 849 MHz, frente a los pobres 400 que tiene su Ericsson.
Pero la ventaja principal, según el criterio de José Rodrígo, es que el modelo que le ofrece viene con la carcasa en dos colores, un gris topo similar al que tiene en uso y una blanca mucho mas atractiva y que denota un mayor nivel.
Hombre de aprovechar su tiempo, Martín decide rápidamente su compra sin discutir el precio, puesto que esas menudencias lo incomodan y pide que le activen en el momento el aparato.
Mientras, orgulloso de su adquisición se dirige a la caja para efectuar el pago, José Rodrigo atiende el teléfono que acaba de sonar.
Al momento de retirar su compra, el vendedor le informa que acaban de llamarlo de Ezeiza para informarle que ha ingresado una partida de teléfonos de segunda generación, basados en una técnica común de acceso múltiple que es usada por múltiples protocolos, incluyendo GSM y que, entendiendo que Martin es un hombre de negocios que sabe aprovechar su tiempo, le ha pedido al despachante de aduana que le envíe inmediatamente uno para poder ofrecérselo. Que un remís ya está en camino y que ha de demorar alrededor de hora, hora y media.
A fin de acortar el tiempo le ofrece a Martín un café mientras aprovecha para comentarle las novedades del producto.
En una rápida evaluación mental Martín decide que es redituable invertir una hora o dos de su vida si el beneficio es obtener un medio comunicacional mas moderno.
Al cabo de un buen rato, efectivamente un automóvil se estaciona frente al negocio y bajan una caja que contienen la nueva maravilla.
Inmediatamente José Rodrigo desembala un novísimo 1xEV-DO Rev. A fabricado por Sprint Nextel Corporation de Estados Unidos y lo deposita en las manos de Martin, al tiempo que detalla que esta aparato posee un canal de control digital que permite una cobertura residencial y en oficinas, un incremento notable en el uso eficiente de transmisiones, ampliando la duración de la batería, incluyó muchas aplicaciones de mensajes, y más aplicaciones de datos.
Felicitándose por haber invertido en la espera, Martín adquiere el producto, sobre todo porque se ha percatado de que es mucho mas liviano que el anterior.
En tanto espera que le habiliten el número, se entretiene viendo los viejos modelos que aun se exhiben, orgulloso de ser pionero en la tecnología y de haber aprovechado bien su tiempo.
En ese instante se acerca José Rodrigo y mostrándole un fax que acaba de enviarle su despachante de aduana desde el Puerto de Buenos Aires, le señala que acaban de importar teléfonos celulares Motorola MicroTAC, que posen un servicio de mensajería mejorado, permite la inclusión de melodías e iconos dentro del mensaje basándose en los sms, que son significativamente mas pequeños que el Nextel que acaba de adquirir y por ende mucho mas moderno, por lo que ya una moto está en camino y dadas las pocas cuadras que separan el puerto del negocio, no ha de tardar en llegar.
Deseoso de estar en el top de la tecnología, Martin decide que no es pérdida de tiempo la espera del motoquero si a cambio un reciente Motorola MicroTac va a quedar en su poder.
Al tiempo que la moto arriba al comercio, José Rodrigo informa a Martín que desde el depósito de la empresa  acaban de informarle que han adquirido de un importador paraguayo un cargamento de celulares Movicom BellSouth que poseen tecnología de tercera generación, son teléfonos Smartphone, construido sobre una plataforma informática móvil, con una mayor capacidad de almacenar datos y realizar actividades, semejante a la de una minicomputadora, y con una mayor conectividad que un teléfono móvil convencional.
Asimismo que ha solicitado que sin mediar pérdida de tiempo, le remitan un modelo, lo que no ha de demorar mas de quince o veinte minutos, ya que el depósito de la empresa queda en Barracas, y ese es el tiempo habitual que suele demorar la camioneta de la empresa cuando efectúan algún pedido.
Al observar el salto técnológico que ha de efectuar, Martín decide esperar el arribo de la camioneta.
Antes de que terminara de ojear unos folletos, efectivamente una camioneta blanca se estaciona frente al local y su conductor procede a entregar un paquete cerrado a José Rodrigo.
Este con premura, deshace el envoltorio y le muestra a Martin el moderno Smartphone de Movicom BellSouth, reluciente y flamante, una pequeña joya negra de no mas de quinientos gramos, con una pantalla reflectante que muestra los números y las letras en un atractivo verde limón maduro.
Martín no cabe en si de alegría, entró hace unos instantes con un viejo Ericsson NMT 450 de casi kilo y medio de peso y ahora está a punto de irse con un pequeño artefacto que le ofrece  pantalla táctil, función multitarea y que proporciona una mejor cobertura en comparación con cualquier otro teléfono móvil tribanda, banda dual o banda simple.
En ese instante, se abre la puerta de Argentina Mobile Communications, y entra una señorita que de inmediato llama la atención de todos los presentes por su agraciada figura y por la sonrisa que despliega.
Es la representante de LG, y que desplegando aún mas su sonrisa, de inmediato se dedica a detallar las ventajas de la teconológía basada en soporte de redes LTE, es decir, que son compatibles con el servicio de telefonía 4G.
Uniendo hechos a dichos, muestra a José Rodrigo y a Martin un deslumbrante LG Spirit Lte H440AR con pantalla de 4.7" hd con tecnología in-cell touch, procesador 1.2ghz quad-core y cámara de 8mp. Señalando su ergonomía, diseño y elegancia al tiempo que lo deja en manos de Martín destacando su pantalla de 4.7" h.
Ante tal belleza, la del celular no la de la mujer,  Martín, en menos de lo que canta un gallo, rechaza el obsoleto Smartphone de Movicom BellSouth que reposaba en su bolsillo y exige, casi imperiosamente a José Rodrígo que ponga en funcionamiento lo que acaba de ofrecerle la sonriente belleza.
Temiendo que ya ha pasado un tiempo mas que prudencial desde que ingresara a la tienda y mas que satisfecho con su nuevo juguete, Martín efectúa el pago de la diferencia con el modelo anterior y se dispone a salir llevando en sus manos su extraordinaria adquisición.
Metros antes de llegar a la puerta, se tropieza con un joven veinteañero que se queda mirándolo con atención y le pregunta si ese es su teléfono celular. Martin, con un gesto de arrogancia y satisfacción afirma con la cabeza, sin quitar los ojos del moderno aparato.
Como puede tener algo tan vetusto, lo interroga el recién ingresado, puedo ofrecerle el Nokia Lumia 920 smartphone insignia de Nokia, corriendo Windows Phone 8, posee una pantalla LCD IPS HD de 4.5 pulgadas que se denomina PureMotion HD+, una cámara Carl Zeiss de 8.7 megapixels con flash LED con tecnología PureView, procesador Snapdragon S4 dual-core a 1.5GHz, 1GB de RAM, 32GB de almacenamiento interno, NFC, y conectividad 4G LTE, dice al tiempo que extrae de un pequeño atache un deslumbrante aparato cuya carcasa es removible y cambiable en varios colores.
Los ojos de Martín parecen salirse de sus orbitas y presuroso deja en manos del joven el antiguo LG Spirit Lte H440AR, para casi abalanzarse sobre el Nokia Lumia.
Mientras estaba en esa acción, desde la calle, otro joven apoya sobre la vidriera un Samsung Galaxi S6, y despliega un inmenso folleto en el que se destaca como sus características principales el poseer una brillante pantalla táctil con envolturas alrededor de los bordes izquierdo y derecho del cuerpo, ofrecer nuevas formas innovadoras para obtener notificaciones y gestionar sus contactos. Está repleto de características, como un lector de huellas digitales, cámaras avanzadas en ambos lados del teléfono, y un monitor de frecuencia cardíaca. Además, tiene integrado el programa Samsung Pay que permite deslizar este teléfono como si fuera una tarjeta de crédito para procesar pagos seguros, rápidos sin sacar su billetera.
Raudo, Martín se dirigió hacia la calle, asombrándose de que las puertas del local se abrieran automáticamente antes de llegar a tocarlas, también se sorprendió al ver a Esmeralda transformada en calle peatonal, y le llamó la atención la ropa que usaban los transeúntes, no obstante se dirigió hacia el joven que publicitaba el celular Samsung y casi sin pedirle permiso, lo tomó para verlo mejor.
Encendió el display y en la parte superior apareció la fecha, 23 de octubre de 2015, un envejecido Martín se descubrió en el reflejo de la vidriera.