martes, 3 de febrero de 2009

Buenos Aires

Una Flecha,
Eso es.
Una Flecha
Que apunta al río,
Como queriendo irse.
O brazos abiertos
Que invitan
A acurrucarse
En el corazón
Mismo de ella.
Eso es Buenos aires,
Con sus dos diagonales
Pte. Roca, al Sur
Julio A.
Sáenz Peña, al Norte
Una flecha
Que escapa.
Brazos
Que cobijan.
Y además,
Y alrededor,
Calles empedradas,
Casas viejas,
Y luego
El moderno mundo
De Puerto Madero,
Y los barrios,
Los cien
De Alberto Castillo,
Bien porteños
Y poblados
De provincianos,
Y de gringos,
Y hermanos
Latinoamericanos,
Camino
A la General Paz,
Al interior,
A la Argentina,
A veces, propia,
A veces, ajena,
A veces yéndose,
Por esa flecha.
A veces llegando,
Al corazón,
Por esos brazos,
Abiertos
De Buenos Aires.

Los ojos del sol

Los ojos del Sol,
perdidos en el universo,
buscando distancias
camino a lo infinito,
se adormecieron cansados
de rondar esa nada
en la que está todo.
Y rutilantes se abrieron
una mañana callada,
sobre el hueco profundo
que tu cabeza,
dejo en la almohada.
Y desde entonces retozan,
alegres y dulzones
en tu rostro de niña
Y mas de una vez me iluminan
cuando ellos, en ti, me miran.

Te dejo

Te dejo
mi mano extendida
Y mi corazón abierto,
Solo para que puedas
comprender
Que cuando estés
Sola
En esa casa grande
Aunque sea de un ambiente.
Sola
En esa calle larga
Aun rodeada de gente
Sola
En el bullicio de oficina
Atareada, trajinando sin pensar
Sola
Sin esa caricia en el corazón
Que estimule tu vida
Sola
necesitando que escuchen
lo que brota de tu piel, y no ven
Sola
Queriendo escuchar palabras
Que no te dicen, porque no te conocen
Sola
Deseando estar emocionalmente bien
Porque es duro estar
Sola
No estando sola
y sin embargo siempre
Sola,
Aunque yo esté aquí
Con mi mano extendida
Sola
Y el corazón abierto,
Para que nunca estés
Sola.

Marca de fabrica III

Un día, sin que nadie pueda explicar porque, los perros fueron desapareciendo, primero los grandes, los de mayor tamaño, luego los medianos y finalmente los mas pequeños, los mas esmirriados.
Casi al mismo tiempo dejaron de oírse los gritos de Susana, marca de fábrica “del Carmen” y nadie mas la vió o supo algo de ella.
El vecindario, tan necesitado de noticias locales, cercanas, elaboró mil teorías sobre esta ausencia, la de Susana, marca de fábrica “del Carmen” no la de los perros, a la que no dio importancia en esos momentos.-
“Se cansó que la golpearan y la maltrataran y se fue” decía una.
“La otra noche me pareció escuchar el ruido de un auto, seguro que se fue con algún novio, porque aunque flaca, fea no era” agregaba otra.
“No la habrá matado la madre?” cizañaba la de mas allá tratando de poner una cuota mayor de misterio y un toque macabro a los rumores barriales.
Hasta hubo quien, tal vez por cristiana piedad pero seguramente para sacarse todas las dudas que carcomían a los vecinos, fue hasta la comisaría a tratar de denunciar el caso.-
Nunca se pudo averiguar nada de lo sucedido con Susana, marca de fábrica “del Carmen”, y así las cosas, mas el embarazo de alguna adolescente y su parto como madre soltera, el divorcio de la doña de la casa del árbol, las continuas borracheras del “negro de mierda ese que vive en la esquina”, o los cuernos que la de “acá a la vuelta” le pone al marido, fueron dejando la historia de Susana, marca de fabrica “del Carmen” en el cajón del olvido y solo, muy de vez en cuando, cada vez mas de vez en cuando, alguien la recordaba en alguna conversación.-
El 21 de enero del 2007, como todos los días desde hace veinte y pico de años, Lidia del Carmen, salió, harapienta, desgreñada y sucia de su casucha para recorrer vertederos y tachos de basura en busca de comida, y, como sucedía desde hace año y medio, dos años, lo hizo sola, sin los perros y sin Susana, marca de fábrica “del Carmen”
Serían aproximadamente la diez de la mañana, diez y media a lo sumo, porque el sol ya estaba para el lado del Chenque, como a una cuarta de la punta del cerro, dando de frente en el ventanuco de veinte por veinte, que, sin vidrios, dejaba pasar algún que otro rayo de luz hacia el interior de la vivienda y mostrando, si uno miraba con atención, como motitas de polvo danzaban en la tibieza del aire veraniego del sur.-
Tal vez el no hacer nada de las vacaciones, tal vez costumbres mal aprendidas de los mayores, tal vez simple curiosidad o tal vez por joder nada mas, no se bien porque razón, pero la cuestión fue que ni bien Lidia del Carmen estuvo alejada de la casa unas cuantas cuadras, dos pendejos, dos pibes de los mas madrugadores y de los que siempre quieren hacer algo, decidieron meterse en el mundo oculto de Lidia del Carmen.
Que el ventanuco diera a la calle no fue impedimento alguno para que por allí ingresaran al fétido cuadrángulo rodeado de chapas y cartones, imaginando encontrar no se que cosas en el amontonamiento de ropas sucias, papeles y restos de basura y comida.
Los diez años que ambos tenían no le dieron a ninguno de ellos, el valor suficiente para enfrentarse a lo que encontraron.-
Al día siguiente, Crónica, uno de los diarios de Comodoro, pudo con letras tamaño catástrofe, esparcir los chismes de barrio por toda la ciudad: “ESPELUZNANTE Y MACABRA HISTORIA EN BARRIO CEFERINO NAMUNCURÁ”, luego como copete: “Convivió 2 años con su hija muerta recostada en la cama”
Después venía la noticia, ya en letra normal: “Una mujer con trastornos mentales convivió al menos durante dos años con el cuerpo sin vida de su hija recostado en una cama lindante a la suya.
Los vecinos no sólo habían denunciado ante diversas autoridades policiales, judiciales y municipales la posible situación, sino también de las constantes agresiones que recibía la joven por parte de la mujer de 60 años que la noche del domingo debió ser internada en una sala de psiquiatría del hospital Regional”.
“Lo misterioso del caso es que el cuerpo -cuyo deceso dataría de entre un año y medio a dos años- estaba como en una especie de momificación o aparenta estar embalsamado; se notaban bien las facciones de la piel de su rostro y de los brazos que estaban extendidos hacia sus mentones, como en una posición de defensa.
Se trataría de una joven de nombre Susana. Algunos vecinos sostienen que tendría entre 18 y 20 años y otros de los más antiguos dicen que unos 27. "Lo recuerdo porque mi hijo mayor tiene 30 y otro 27 y ella solía jugar con ellos" señaló la vecina Ester Monteros, quien junto a Esterlita Barros Cárdenas y su familia, y Victoria Marilán, todos vecinos lindantes, mostraron a nuestro cronista la documentación que data de hace bastante tiempo, elevada en su momento tanto a la seccional de Policía, el Municipio, Juzgado de Familia y hasta el Juzgado de Instrucción, donde exponían la anómala situación con Lidia del Carmen (60) y el peligro que corría la que recuerdan como bella jovencita de cabellos rubios y tez blanca que en ocasiones solía pedirle auxilio a los jóvenes del barrio diciendo que su progenitora la maltrataba e incluso la ataba a la cama para que no salga.”
Volvieron esta vez los chismes y los rumores al barrio.
-"Muchas veces pasábamos cerca y escuchábamos que ella misma intentaba imitar la voz de su hija y se hablaba y se contestaba sola", dijo una vecina, y no fueron pocos los memoriosos que recordaban la figura de aquella mujer que hurgaba en las bateas de basura seleccionando algunos alimentos en mal estado que arrojaban restaurantes o verdulerías, acompañada de una jovencita de cabellos rubios y lindos rasgos en su rostro de niña sufrida.
También se acompañaban de muchos perros, por lo que el diario aprovechó para escribir: “Este es otro detalle escalofriante: al igual que la jovencita, de un día para el otro, todos los perros desaparecieron. ¿Los mataron los chicos del barrio? se preguntó con curiosidad, pero la respuesta fue: -"No, parece que los mató ella misma y se los comió..."
Cuando cerca de las veintidós horas del tercer domingo de enero del dos mil siete Lidia del Carmen encontró a los vecinos rodeando su casa y la policía dentro, no se cansó de repetir: “la tengo atada a esta puta de mierda porque se quiere ir con los machos”.
“La tengo atada a esta puta de mierda porque se quiere ir con los machos”.
“La tengo atada a esta puta de mierda porque se quiere ir con los machos”.

Marca de Fábrica II

La casa, si así puede llamarse, no era mas que dos rectángulos de tres por cuatros, formando una ele, paredes de chapa clavadas como se pudo sobre bastidores de madera y por dentro forrada con cartón, una sola puerta de entrada que en lugar de dar hacia la calle daba a los fondos, un ventanuco de veinte por veinte, sin vidrios, el piso era de tierra que con los años se fue apisonando y endureciendo.-
El brazo largo de la ele tenía techo a dos aguas, también de chapa, el corto, con una sola caída, permitía que las lluvias y las nevadas del invierno chorrearan el aguas hacia la calle, dejando a la casa rodeada de un barroso lago que la aislaba aun mas de sus vecinos.-
Desde el principio nomás, es decir, desde que Susana, marca de fábrica “del Carmen” comenzó su berridos en la casa, esta se fue llenando de perros.
Perros de todo tipo, raza y tamaño, peludos, grandes, chicos, monocolores, multicolores, orejones, rabones, sanos, rengos, sarnosos, pero todos con dos características que los igualaban: pulguientos y famélicos.
Fueron apareciendo de a uno, primero fue uno chiquito, blanco y negro, “Milonga” de raza indefinida que, cuando Lidia del Carmen salía a pedir comida a sus vecinos, se quedaba bajo el ventanuco con las orejas paradas, como escuchando si dentro de la casa, a Susana, marca de fábrica “del Carmen” le pasaba algo, que lo único que podía pasarle por esos días era llorar si tenía hambre o estaba sucia.-
Luego se sumó otro, esta vez mas grande, casi mediano, color tostado, con algún antepasado de bóxer entre sus genes, pero muy antepasado, “Gurí”, este siempre acompañó en sus paseos mendicantes a Lidia del Carmen, era callejero, muy callejero.-
Los que se agregaron con el tiempo o bien dejaron de tener nombres o bien, por ser tantos, me los he ido olvidando.
Así fue creciendo Susana, marca de fábrica “del Carmen”, casi siempre encerrada en la casa, hablando solo con su madre o con los perros, asomando en ocasiones sus ojos celestes por el ventanuco y dejando que la brisa o el viento llevaran algún mechón de sus rubios cabellos contra las chapas de la casa.
En algún momento, tal vez cuando Susana, marca de fábrica “del Carmen”, vio por primera vez la luz de este mundo en que le tocó vivir, a Lidia del Carmen se le fue apagando parte de su luz interna, o tal vez, tantas noches de espera, de alcohol y de vender caricias y su cuerpo, le fueron matando la capacidad de discernir entre lo real y sus imaginarios mundos.-
Y así, poco a poco, solo fueron existiendo los perros y Susana, marca de fábrica “del Carmen”, a quien se empecinaba en cuidar de todo mal encerrándola en la casa, no dejándola salir ni para ir a la escuela, a la que en verdad nunca fue.-
No hubo reclamo de vecino ni consejo de cura que le hiciera cambiar de su postura, el único mundo seguro para Susana, marca de fábrica “del Carmen”, era el que habitaba dentro de la casucha, y esta idea se fue haciendo el único motivo de vida de Lidia del Carmen.-
Solo permitió, cuando la niña ya caminaba y andaba por los cuatro o cinco años, que la acompañara en sus diarios recorridos en busca de comida en los vertederos de los restaurantes o en los tachos de basura de sus vecinos, ya que la caridad de estos había menguado drásticamente ante las frecuentes insistencias de Lidia del Carmen en requerirles alimentos.
Cuando Susana, marca de fábrica “del Carmen”, dejó la niñez para entrar en la adolescencia, hecho del que se enteró caminando de la mano de su madre y sintiendo que entre sus piernas corría algo pegajoso y tibio, diferente a los orines que voluntariamente expulsaba en cualquier parte, a Lidia del Carmen se le sumó otra obsesión: a su hija, de once o doce años en esos momentos, le gustaban los machos, se le iba a escapar con algún macho.-
Esta idea torturó su enferma mente por varios días, y tanto la torturó que terminó creyendo que en verdad Susana, marca de fábrica “del Carmen”, únicamente deseaba abrir sus piernas para ofrecer aquello que todavía era virginal.
A los encierros Lidia del Carmen sumó castigos, fuertes castigos corporales para que Susana, marca de fábrica “del Carmen”, se olvidara de los machos, para que no los deseara.
El camastro en que Susana, marca de fábrica “del Carmen” dormía, junto al de su madre, en la habitación que compartían se convirtió en el anclaje, en el mojón, en que permanecía atada horas, días enteros.
Esto no escapó de las miradas de sus vecinos, primero por curiosidad, luego por morbosidad o simplemente por chusmerío, comenzaron los rumores y los comentarios entre las mujeres, y, porque no reconocerlo también entre los hombres.
“Vio vecina? – comentaba alguna - salen a eso de las 10 de la mañana a recolectar comida y otras cosas de las bateas de residuos que encuentran a su paso; se las ve revolviendo las bateas del centro y a la noche regresan, la chica con dos bolsas y ella con una. Que clase de madre es?", se auto preguntaba escandalizada.
"Ni siquiera fue nunca a la escuela, y cada vez que viene la policía la señora les echa lavandina en los uniformes; hasta una vez vino un juez y le arrojó agua hirviendo... no tiene ni ventanas ni baño y cuando hace sus necesidades en un tarro luego lo arroja a los patios nuestros. Un verdadero asco, una vergüenza" aseveraba otra.
"Esta chica jamás fue a la escuela y cuando la chica pide auxilio porque esta atada a la cama, la madre grita que 'la tengo atada a esta puta de mierda porque se quiere ir con los machos'.
“Yo la denuncié – intervenía una tercera - pero nunca solucionaron nada y nadie se preocupó, ni la policía ni los jueces"

Marca de fábrica

Cada mañana, en verano, cerca de las cinco menos cuarto, el sol comienza a dibujar destellos rojos sobre el mar y a ponerle brillos dorados a los calafates que cubren los cerros que rodean Comodoro Rivadavia.
La sugestiva combinación de mar y cerros le da a la ciudad un carácter muy peculiar que se acentúa los días de viento, tan frecuentes en la primavera y en el verano.-
Aquel, el viento, deja su impronta en toda la comarca, las matas naturales, calafates, espinillos, matas negras, se inclinan, semejando adoradores del Iluminador, hacia el este. Inclinación forzosa que les hace mostrar seca y áridas su partes occidentales dejando solo para lo oriental el natural verdor y la humedad de todo vegetal.-
No escapan a esta característica los árboles que los pobladores han plantado en el transcurso de los años. No muy abundantes por cierto, y casi siempre oficiando de cortavientos, inútil reparo para los ímpetus de los suspiros de Kóoch, el originador del viento en la mitología tehuelche.
Sobre las estribaciones de uno de esos cerros, el que cubre las espaldas de la ciudad, subiendo por la Avda. Kennedy hacia el norte, se encuentra la calle Guaraníes.-
En ella, al ochocientos más o menos, cuarenta y tantos años atrás, Lidia del Carmen con sus veinte años a cuestas se instaló levantando, con sus propias manos, la que sería su vivienda.-
Lidia, siempre del Carmen, como le gustaba que la llamaran, había llegado a Comodoro atraída por su fama de ciudad rápida para hacer fortuna, dejando atrás algún lugar del norte de la Argentina que nunca supo explicar bien cual era o no quiso.-
Sobre finales de la década del 60, Comodoro todavía vivía el alborozo del boom petrolero, la plata se ganaba fácil en jornadas laborales en la boca de los pozos que, cual vampiros ecológicos, succionaban de las entrañas de la tierra la melaza negra que ayudaba a crecer a la ciudad.-
Pero Lidia del Carmen poco o nada sabía del petróleo, sus conocimientos y su educación no le permitían mas que ofrecer sus servicios como empleada doméstica, algo que resultaba infinitamente mayor, en ingresos económicos claro, que lo que su pueblo de origen le hubiera permitido ganar.-
Pero Lidia del Carmen tenía otra cualidad, una que se tiene solamente una vez en la vida y no por mucho tiempo, esto lo comprendió mas tarde: juventud, y decidió explotarla.
Como toda ciudad con primacía de población masculina lo que en esos años abundaban en Comodoro Rivadavia eran prostíbulos y cabaret o whiskerías como se las llamaba por aquellas épocas.
Los había de todos los niveles y gustos, desde los económicos, para los clientes se entiende, y que no resultaban mas que viejos locales atendidos por también viejas trabajadoras del sexo, hasta los que ostentaban un cierto lujo y que eran la puerta de ingreso a la profesión mas antigua para aquellas que, como Lidia del Carmen, poseían el tesoro de la juventud.
Normalmente estos se encontraban en el centro de la ciudad, en la calle Belgrano sobre todo, y aquellos se iban desgranando hacia las periferias, paradójicamente mientras caían en calidad se elevaban sobre los cerros que rodean el “pueblo” como los viejos vecinos llamaban a su ciudad.
“Congo Belga”, “La Gruta”, “Sing Sing”, “Cuartito Azul” pertenecían a esta última categoría, mientras que “Bagattelle”, “Moulin Rouge”, “Soraya” integraban la primera.-
En todos el ambiente interno era el mismo, semipenumbra de luces bajas, preferentemente rojas o azules, densidad de humo de cigarrillo, abarrotamiento de perfumes baratos mezclados con sudor eran el marco en el que una figurada barra servía para que se acodaran los parroquianos hasta tanto alguna de las “meseras” los tentara para reposar mas cómodos en un “privado”.
“Privado” cuya única característica distintiva consistía en ser algo semejante a un sillón ubicado en un lugar mas oscuro aún, lo cual permitía ciertas caricias y ciertos juegos que, de lograr su cometido, introducían al cliente junto a la “mesera” tras alguna puerta por la que se accedía a los placeres de la carne.-
Lidia del Carmen alguna vez había escuchado que al lápiz labial lo llamaban “rouge” y tal vez por esa asociación, pero seguramente por sus fervientes deseos de escapar al destino de empleada domestica, llevó sus veinte años hasta las noches del “Moulin Rouge” en la calle Belgrano.
Pero lo veinteñal, lo juvenil, resulta efímero. Los días pasan, inclementes, y así las semanas, los meses y los años, y sus servicios, si bien requeridos en un principio por su fragancia de carne joven y dura, nunca fueron los suficientes como para que algún petrolero le requiriera matrimonio, cosa frecuente entre hombres solos, cansados de campo, vientos, nevadas y noches frías.
Por lo tanto, a medida que sus años aumentaban, disminuían las posibilidades de ser solicitada por potenciales clientes y, siguiendo los pasos de muchas otras, Lidia del Carmen emprendía el camino, calle Rivadavia arriba o San Martín, para el caso da lo mismo, puesto que las dos resultan igualmente empinadas, hacia los cada vez menos ostentosos lugares de diversión nocturna.
Hacia los cuarenta y pico de años, cansada de ejercitar otras partes de su cuerpo, solo le daba trabajo a sus aductores en el “Sing Sing” de la calle Vélez Sarsfield, que ya no tenía nada de whiskería o cabaret y era un simple prostíbulo con un peldaño mas de nivel que el prostíbulo “oficial” del barrio Jorge Newbery.
Fue por esa época mas o menos, que, en un errado cálculo de días o en un involuntario olvido, su cuerpo fue cambiando de forma, redondeándosele su vientre y aumentando de volumen, sin comprender ella muy bien porque al principio, hasta que esas molestias e hinchazones originales culminaron en un nombre elegido por azar: Susana, con un agregado, del Carmen, como si fuera una marca de fábrica.
La panza de nueve meses primero y luego los llantos de Susana, impidieron que Lidia del Carmen continuara con su diario trabajo de brindar efímeras satisfacciones sobre una cama, por lo tanto, no tuvo más remedio y decisión, que recluirse en la casita de la calle Guaraníes el ochocientos, en el Barrio Ceferíno Namuncurá de Comodoro Rivadavia.

Tiempo de gitana

La noticia en los diarios apareció así: “Vanesa Zarcos es una joven gitana trelewense de la que ayer se estuvo hablando durante gran parte del día en los medios nacionales; porque fue liberada por la Policía Federal tras haber estado un año y medio secuestrada por unos cíngaros en un domicilio de Buenos Aires”.
Un año y medio atras viento agitaba sus cabellos cuando cruzaba la plaza principal de la ciudad de Trelew, entrecerraba sus ojos evitando que el polvo que flotaba en el aire los irritara.
Así, con los ojos entrecerrados soñaba con esa ciudad que nunca había visto en sus diez y siete años, la imaginaba grande, tumultuosa, totalmente distinta de este pequeño pueblo patagónico en el que había nacido y en el que había transcurrido toda su vida.
Se refugió unos momentos en la pérgola de la plaza y, dejando volar sus sueños, creyó estar en el Rosedal de Palermo, veía la gente caminando a su alrededor, jóvenes, muchos jóvenes, altos, morochos, de torsos fuertes, brazos largos y ojos renegridos, como todos los de su raza.
La mano de Omar sobre sus hombros la volvió a la realidad.
“Es tarde, debemos volver a casa” pronunció la voz ronca del muchacho en un caló solo por ellos entendido.
“La maldita disciplina familiar” pensó, siempre tener que obedecer las ordenes de su padre y de sus hermanos o de cualquiera de los hombres de la familia, como sucedía ahora con Omar.-
Ël había llegado hacía quince días con su familia desde Buenos Aires, sus padres habían venido a Trelew por negocios, compra y venta de autos, toda una tradición entre los gitanos que viven en la patagonia.
Durante esas dos semanas Vanesa no se había cansado de preguntarle sobre Buenos Aires, su verdadera obsesión, así se había ido enterando del barrio en que vivía, Villa Santa Rita.
Un barrio pequeño en sus dimensiones y que conserva un perfil bajo dentro de la ciudad de casas modestas, que pocas veces tienen más de un nivel.
A la inversa de este Trelew en que vivía, Villa Santa Rita no cuenta con ninguna plaza, le contó Omar, ningún espacio verde, a pesar de haber tenido gran cantidad de terrenos baldíos durante tanto tiempo.
Pero para compensar, el barrio tiene muchos árboles en sus calles, le había dicho Omar, jacarandaes, paraísos, tilos, álamos y plátanos, además de gomeros, lapachos, etc., que refrescan sus veredas y hacen más apacibles las tardes de verano, en las que el muchacho solía esperar el anochecer escuchando la radio sobre alguno de los autos que su familia tenía para comercializar.
En los últimos días Vanesa había tomado la decisión de conocer Buenos Aires, se lo había dicho a su madre, la que por supuesto le dijo que solo su padre podía darle permiso, y de este ya conocía la respuesta, un rotundo no, que no sabía como doblegar.
Pensando en como decírselo, llegó a la casa en que vivía en el barrio Covimar II.
Un año y medio después de ese día Vanesa fue noticia en los medios de comunicación, estos informaron sobre una traumática experiencia del cautiverio, desmintiendo asimismo la versión de que se haya tratado de una transacción comercial entre miembros de la colectividad.
Los medios dicen que su padre supuestamente la vendió, pero ella sabía que él tenía loca a su madre para que fuera a buscarla, recordaba que no quería darle permiso para que vaya a conocer Buenos Aires, no quería dejarla ir pero tanto insistió que fue solamente por diez o veinte días y supuestamente la mandaban de vuelta.
Estuvo un año y medio, se llevó un celular y se lo rompieron, así que no tuvo más contacto con su familia.
Finalmente su madre Marilena Clavio, tuvo que recurrir a la Fiscalía de la Capital Federal para denunciar allí el hecho del secuestro porque en Trelew no le “hicieron caso”.
La información que trascendió por los medios nacionales a las horas de que la Policía Federal concretara en el barrio de Villa Santa Rita el procedimiento mediante el cual la liberó y detuvo sus supuestos captores, daba cuenta que la joven había sido “vendida por su padre en el 2005, cuando tenía 17 años, a un matrimonio gitano que habría pagado por ella entre 5 y 6 mil dólares”, y que ahora se investigaba “si los apresados la obligaban a prostituirse y si además tenían planeado venderla a otra familia de la colectividad con el mismo fin”.
Vanesa leía las noticias y pensaba en lo poco que los “payos” saben de los gitanos.
Ella sabía que existen numerosas tribus de distinto origen en la Argentina y que pueden agruparse en tres clanes.
El más numeroso es el kalderash: de origen griego, húngaro, ruso y moldavo Luego vienen los calé españoles, como su familia, y la de Omar y, por último, los boyash rumanos.
Hasta hace unos cincuenta años, eran verdaderamente libres, todos los gitanos ejercían el nomadismo pero durante la primera presidencia de Perón se promulgó una ley que los obligó a establecerse y hoy sólo viajan por negocios ya que prefieren comprar y vender cualquier producto a trabajar en relación de dependencia.
“No nos gusta obedecer –explicaba su padre – Preferimos ser nuestros propios jefes.”
De la boca de su madre, Vanesa recordó el inicio de su aventura: “Esta familia, (por la de Omar), vino de visita, porque antes vivieron acá durante unos diez años y me la pidieron prestada para ir a Buenos Aires y ella como quería conocer la Capital se prendió para ir” y vaya si Vanesa lo había deseado.
Siguió contando la madre que “el papá no quería dejarla pero tanto insistió que fue. A los diez o veinte días supuestamente ellos me la iban a mandar de vuelta. Estuvo un año y medio”, indicó.
“Es más, yo viaje como cuatro veces para buscarla y ella llamó al comisario García actualmente jefe accidental de la Seccional Tercera; no sé cómo consiguió el número pero lo llamó desesperada, llorando. El esta de testigo que estaba llorando en el teléfono pidiendo que la fuera a sacar de donde estaba”, agregó.
“Eso fue lo que me llevo a Buenos Aires a sacar a mi hija; a mover montañas para encontrarla. Sabía que no me podía acercar a la casa de esta gente porque sé que son peligrosos y por eso fui a la Fiscalía de Capital Federal a hacer la denuncia, como para que me ayudaran porque mi hija estaba detenida ilegalmente”,
Y la mente de Vanesa volvía recordar sus días en Buenos Aires, junto a Omar, a la que fue su “noche de bodas”: cuando la pareja fue a pasar la primera noche, sobre la cama había una pollera blanca, ella sabía que al día siguiente, la madre de Omar, porque la suya no estaba, iría con todas las mujeres del grupo a ver si estaba manchada de sangre.
Si la pollera hubiera estado limpia, el festejo se suspendía y ella, la novia, hubiera quedado humillada, hasta la podían devolver a sus padres.
Vanesa, como todas las gitanas sabía como hacer trampa y ensuciar con otra cosa, pero también sabía que iban a hacer una prueba: la madre de Omar iba a tirar alcohol sobre la tela y cepillar bien fuerte.
Si la sangre es verdadera, no sale por mucho que la refriegue.
Y eso fue lo que sucedió en la mañana siguiente, la mancha de sangre resistió la fiegra de su flamante suegra.
Entonces vino la fiesta, que duró cuatro días.
Vanesa calcula ahora que se metieron al horno cincuenta lechones, cincuenta pavos, cincuenta barriles de cerveza a la heladera y que todos se pusieron las joyas de oro que tenían escondidas.
Luego la madre detalló a la prensa: “Ella tiene su cara marcada, el cuello, los brazos moreteados y quemados; la vieron en la Fiscalía. Es una chica que pasó muchas cosas ahí adentro mientras yo no podía recuperarla. Había hecho denuncias acá, me mandaron a cualquier lado y no me hicieron caso”, recordó.
Y Vanesa se mira los brazos moreteados y recuerda los labios de Omar sobre ellos, y su cuerpo caliente sobre su cuerpo ansioso, y vuelve a sentir sus dientes sobre su cuello y su respirar ansioso, agitado, haciéndole el amor como solo se puede hacer el amor a los diez y siete años.
- Y ¿cómo hizo usted para saber el lugar en dónde su hija se encontraba cautiva?, le preguntó el cronista a su madre, a lo que respondió: “Ella un día se escapó y le pidió a un señor que le prestara el teléfono porque no tenía plata y ahí me dio la dirección. Es decir, me dijo; Juan B.Justo y Tres Arroyos, fueron las únicas palabras que me dijo. Desde ahí empecé a caminar y preguntando llegue hasta donde ella estaba”, indicó.
Una prima de Omar, Olga, vive a pocas cuadras de la casa de sus padres. Sus abuelos vinieron de Rusia y Hungría hace tantos años que no puede contarlos. Ella tiene el don de la adivinación: sabe leer las manos, las líneas del rostro y la mirada.
La casa donde viven Olga, su marido, su suegra y sus hijos es un galpón pelado, con una mesa como único elemento mobiliario. Una cortina de chapa oficia de puerta y no hay paredes que dividan la estancia en cuartos separados. No usan camas ni sillas, sino que duermen en colchones tirados en el suelo y se sientan sobre almohadones.
Alli iban a vivir Omar y Vanesa.
En su paso al sentarismo, muchas familias abandonaron la costumbre de dormir todos juntos, como en las carpas. Otros, acostumbrados a los espacios abiertos, se sentían encerrados y tiraron abajo las paredes.
Olga corta manzanas, bananas y peras en pedazos y las mete dentro de una tetera. El té tradicional gitano es una especie de ensalada de frutas caliente. Mientras servía, contaba: “La vida de los gitanos cambió mucho. Antes íbamos de un pueblo a otro, pidiendo luz y baño a los vecinos, adivinando la suerte y vendiendo caballos –dice – Ahora estamos instalados, mandamos nuestros hijos a la escuela. Las nenas usan pantalón hasta los quince años, que es la edad de casarse. Ahí el muchacho pide la mano al padre y él decide la dote: diez monedas de oro, o quince, que son cuatro, cinco mil pesos. Los dejan noviar un poco... ¡Pero nada de verse a solas, porque tiene que llegar virgen al matrimonio!
No hubo monedas de oro para Vanesa, su padre no le había dado permiso para ir a buenos Aires y mucho menos para casarse.
A su turno, Vanesa, quien hoy cuenta con más de 18 años, volvió a reiterar que su padre en ningún momento la vendió, “ellos vinieron a Trelew, yo quería ir a Buenos Aires a conocer, mi viejo no me dejaba ir y hasta que se cansó pero me fui sin su autorización”
-¿Te maltrataron? le preguntó el periodista: - “Dos o tres veces sí”, contestó. “Era cuando me quería volver”, señaló.
“Supuestamente estaba juntada con un chico pero yo no lo quería -siguió contando-. Ahí me cambiaron el nombre, me decían Susana y estaba encerrada bajo llave todo el día. Yo estaba ahí con mi supuesto marido, con mis supuestos suegros y con algunos cuñaditos chicos” siguió fabulando Vanesa.
En los medios la historia quedo como que una banda de gitanos que se dedicaba a "comprar" chicas menores de edad en el interior del país para luego "venderlas" a otras familias gitanas o explotarlas en el ejercicio de la prostitución y que fue desbaratada por efectivos de la Policía Federal, en el barrio porteño de Villa Santa Rita, en el corazón y en el cuerpo de Vanesa la historia era distinta, era una historia en Tiempo de gitana.

Actriz de Reparto

Su mundo se agita
por la avenida Cordoba,
entre Cerrito y Libertad.
Su baja estatura
pasea cada día
entre ajenos transeuntes
que ignoran su presencia
cotideana y concurrente.
Tiene sus aposentos
en la secundaria entrada
del Teatro Cervantes,
allí oculta su intimidad
bajo plásticos y lonas,
recatado hogar
en pública presencia.
Cada amanecer
acicala su belleza
en el gratuito espejo
de la vidriera del Anses.
Prolijamente repasa
la línea de sus cejas,
un imaginario colorete
vuelca en su rostro,
sobre sus escasos cabellos,
coloca un viejo casco
de una peluca negra,
que tuvo mejores años.
Con un gorro de lana
la proteje del tiempo,
cualquiera este sea.
Por fin se corona,
majestuosa,
con una vieja capelina
y con aire distinguido,
en el prestado espejo,
se admira la figura.
Sonriendo al mundo
sus atuendos pasea
hasta Plaza Lavalle
siete días a la semana
treinta al mes
y completa su año
involuntaria artista
del Teatro Cervantes

Dama de blanco

Si eres docente,
enséñame.
si eres médica,
cúrame
que por mal de amores
ignoro
cuan enfermo estoy.
Ilustración: "Dama de Blanco"  - Vito Campanella

Hoy en día

Hoy en día
no existe nada
de lo que antes
existía.
Menos mal,
porque de existir
todo lo que antes
existía
donde lo guardaría?