martes, 8 de enero de 2019

Por ahora

Cuando nos besamos
nuestro deseo es arder
con un fuego en tu rostro
y el mío. Resucitando
suave, en nuestras bocas
la ante última voluntad
de nuestros apetitos.
Después vendrá la última,
pero a esa, por ahora,
no me animo a escribirla.



Inventando la ausencia


No tiene manecillas
el reloj de los melancólicos.
La vida los empuja de la mano,
desalentando sueños
con voz inaudible de tibia penumbra.
Su nostalgia solo deja
un derroche de azul y fulgores
en los surcos un hilo.
Viven inventando la ausencia.

Ilustración: "Ave inventando la ausencia" - Rafael Soriano

lunes, 7 de enero de 2019

Llegamos tarde

Vos y yo tenemos cosas en común.
Esos horarios nocturnos que cultivamos,
el interior perdido en un poema,
ese llegar siempre tarde al gran amor,
viejas fotografías en los brazos de nadie,
algunos fugaces momentos de ternura
y vaya uno a saber cuántas cosas más.
Somos el blanco y negro visto desde un espejo,
compartimos las sábanas grises del frío
y el aire cálido de los árboles desnudos.
Fuimos (somos) flores olvidadas de una primavera,
un tesoro saqueado por el tiempo pirata.
Compartimos la pausa de silencio
y el triste ruido de los adioses en calles estrechas.
Tanto en común entre tú y yo
y, sin embargo, llegamos tarde. Demasiado tarde.




domingo, 6 de enero de 2019

El señor y la señora fulano de tal


Un olor difuso, a encuentro furtivo,
hecho de desencuentros y monotonía,
mantiene la desenvoltura que cosquillea
la adrenalina de lo apenas permitido.
Como quien viene de soledades,
borrando la noche sin ningún volumen,
sólo se dispone de los cuerpos
por un par de horas, en el espesor
que brinda la pausa de la oculta coincidencia.
Por instantes son un “nosotros”,
en las largas y tortuosas cenizas de lo perdido.
Plenitud de sombras bajo una luz vencida,
zarpazo tímido de amantes, que se consume
en la pequeñez de la frágil hora.
Después, aprisionar los cuerpos nuevamente;
las dispersas vestiduras, antes arrancadas,
se ciñen otra vez a los formales cuerpos.
Sin una palabra, sin fantasmas, sin memorias
y salir a la insobornable realidad
de ser el señor y la señora fulano de tal.

La noche es un vientre

Tarda la aurora en esta costumbre de no dormir,
la noche es un silencio blanco, sin pájaros,
se arropa en un aroma de jazmín bajo el murmullo
que se expande tras el ventanal desde la calle.
La noche es un vientre por el que deambulan mis ojos,
seguidos por un titubeo cuya duración no sucumbe.
Labra su oscuridad entre muros que se esfuman,
prolongando la cicatriz de la tarde en ausencia de sueños.
Tu desnudez es una de las pocas cosas que sobrevive
al hábito de entrarme en la enrojecida y nocturnal mirada,
veo doblemente en los espejos el alarido de la fatiga,
cabeceo crepúsculos en la contemplación de la nada.
En vano ensayo sortilegios para adormilar mi cuerpo,
la rutina que evita la dormidera se campea libre y esbelta.
Enciendo una luz y ahuyento la penumbra ajena,
me laceran un par de azulejos y el rebote de los espejos.
El silencio va sumándose a las horas como un lienzo,
apuro en una copa de ébano el intento de una canción de cuna,
pueril ensayo que no atrapa las alas lentas del sueño.
Ahora llueve sobre el cansancio en que vivo. ¿acudirá el letargo?
No está la sombra la luna de enero. Es inútil. Dormir no puedo.



sábado, 5 de enero de 2019

Justos e inapropiados


Eres un aire fresco de carne y hueso,
con cabellos que son manchas en el vacío,
una plaza blanca donde el carnaval
golpea, golpea y golpea perpetuo e incansable
con la gallardía de una raíz danzante.
Yo bebo y canto, grosero y macizo. Terco.
A tu paso las flores se inauguran
con plumajes de estrellas y lenguas de sueño.
Un abecedario de canciones
se columpia, orondo, en la desnudez de tus senos,
mientras, un aviso pequeño
pende del cordelito perdido en la lujuria de tus muslos.
Ojos avaros ruedan sedientos
sobre tu piel que revolotea el desabrigo de un abanico.
Olas enormes agitan la plaza blanca,
sonríen tus labios al infinito del candente infierno
de los deseos justos e inapropiados.

Nunca se inventa

El vacío era diciembre.
Los lobos ignoran las flores quemadas,
Verdes, las manos de las algas
esconden grutas azules y peces de fuego.
La marea está en baja.
Por las sábanas alza el amor su silencio.
Eso nunca se inventa,
se da, sin más, como azotes del crepúsculo.
Era diciembre y no estabas.
Cielo cenizo, sin estrellas, este cielorraso.
La saliva brillante del deseo
quema la carne y las dudas del domingo.
Puedo escupir mi urgencia,
tragar el mar, la nube y las espigas,
hasta abandonar el olvido,
pero no desterrar un continuo diciembre,
que no es nada, pero duele.



viernes, 4 de enero de 2019

Como lo cuento


Tiembla el rocío sin hacer ruido,
las tinieblas ciñen en terciopelo
pestañas con mirada de palcos vacíos.
Sobre una mejilla, blanca y suave,
el carmín apagó su pétalo de fuego.
El otoño de mi boca cobija silencios,
en fragancia de besos se consume,
volando en suspiros se evapora,
y en esa nada, una nube que pasa,
tengo una sed en la garganta atravesada.
En tu nombre mi voz se debilita,
 y aumenta lo árido de la ausencia.
 Así de feroz es el olvido . Como lo cuento.

jueves, 3 de enero de 2019

Crepúsculos apáticos de enero

El tacto talla la eternidad de tu figura
en la plenitud boreal de tu cuerpo.
Novedad barroca de temblorosa carne,
viviendo minutos de vicios absolutos,
disueltos por manos que difuminan
la túnica de tu piel. Más real que un lienzo.
Una espuma insaciable, lenta, devora
todas las vocales y alguna consonante
en la plenitud total de aquel instante.
Construyo el tiempo que soy sobre tu cuerpo
trazando un mapa que lleva a tu gema,
mientras un volcán de pájaros se incendia
tras las venas, atrapándome en el vértigo,
de los crepúsculos apáticos de enero.



Inventarme un alma


Te fuiste, no sé a dónde... si sé qué día.
Un día triste, como un mal sueño largo...
Desde entonces me acostumbré a tenerte,
a llevarte dentro mío, aun con mi hambre,
con mi amor, mi sueño, y siempre oliendo a ti.
Allí había una niña que fue sombra del agua
y es un río, muy ancho, agua que germina,
sube al sol con mi tristeza, con la noche
y sus tambores, músculos del corazón.
A ti y a mí nos envuelve un aguacero
golpeando las persianas. Las horas
nos hablan con silencios que nos escarban.
¿Por qué partiste? A veces quiero llorar
debajo de las sábanas, y otras, inventar el alma.
Saber que existes, cercana, con los que te aman.
Quiero creer que un día, este dolor sin prisas
se encontrará con tu sonrisa si yo también,
algún día, logro inventarme un alma.