El aro negro de una encrucijada,
es un latente llamado al desafío.
Vencer ese cancerbero del temor,
con un aliento crucial y especial.
Enfrentar aquella naturaleza bestial,
donde nos jugamos a cara o cruz,
el destino, según sean los pasos
con que ingresemos en la bruma,
con el plan de vivir y poder
sentir,
que corremos descorriendo velos,
espantando pretéritas aprensiones,
para suturar la grieta más honda,
de saber si optamos por lo
correcto,
y que todo estará bien en la llegada.
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