lunes, 9 de enero de 2017

La caja seis



Tal vez si dijera que la conocí en Marbella, la historia sería más creíble.

Pero no, la conocí estando sentado a la espera que algún cajero del Banco Ciudad, sucursal Flores me atendiera. La demora era tediosa, mientras sostenía entre las piernas una bolsa donde guardaba una camisa recién comprada e intentaba matar el plantón leyendo Historia de la Confederación Argentina de Saldías, agradecía el refugio del aire acondicionado que me ponía a salvo de los cuarenta y un grados de sensación térmica que abrasaban la calle.

Se sentó a mi lado, se quito los lentes de sol, y mirando sobre mi hombro me preguntó si era profesor de Historia. Alcé la vista para contestarle con una negativa y unos ojos violetas me deslumbraron. Volví a mi lectura.

-       Debes ser aburrido para leer Historia en un banco.

Algo molesto, la miré nuevamente esquivando sus ojos violetas y deteniéndome en el rojo de sus labios y solo atiné a contestar con un “puede ser” desganado.

-       ¿Qué número tenes?

-      El 128 – le dije sacando de entre las hojas de mi libro el dichoso numerito y mostrándoselo con cara de pocos amigos.

-     Tenes para rato – insistió – recién va por el 67 y yo tengo el número feliz. Voy a salir antes.

Por toda respuesta balbuceé un “aja”, volví a ponerme mis lentes de lectura dispuesto a seguir los padeceres del cuerpo del Galo Lavalle en su póstumo destierro hacia Bolivia.

El sonido del cartel indicador señaló “68 – Caja 4”
-      
-     El próximo es el mío.

-     ¿El próximo qué? – pregunté mas por cortesía que por otra cosa y mirándola por encima de mi gafas, con cara de fastidio.

-     El próximo número, aburrido, vamos, vení conmigo y te ahorras el plantón.

Pensé en los cincuenta y nueve seres humanos que tenían números anteriores al mío y en su reacción si llegaban a sospechar que me estaba adelantando en ser atendido y postergando su espera y rechacé el ofrecimiento con la cabeza.

Otra vez el sonido del cartel indicador señaló “69 – Caja 6”

Se levantó con agilidad, y sin decir agua va me tomó de la mano con que sostenía el libro y de un tiró me puso a su lado. Era alta, un metro setenta o más, su cabello negro profundo quedó a la altura de mis ojos y sus caderas me rozaron mientras me empujaba hacia la bendita caja seis.

Una jubilada sentada un poco hacia la izquierda alzó su vos protestando, ya que habíamos entrado juntos y sabía que yo tenía un número más que ella, puesto que, con caballerosidad, le dejé sacar el número anterior al mío.

-     Es mi marido – dijo pasando frente a ella la morocha que me llevaba tomado de la mano – tengo el número feliz y vamos juntos doña. No proteste.

Hubiera querido que la tierra me tragara, pero no fue posible, la recién conocida ya me había llevado hasta la famosa caja seis. Allí sacó de su cartera una tarjeta de debito, y le pidió al cajero ciento cincuenta mil pesos.

-     Por esa suma tengo que pedir autorización a Gerencia – dijo el empleado detrás de la ventanilla.

-     Acá está la autorización – contestó sonriendo mi recién conocida, poniendo sobre mi cabeza una pistola que me pareció enorme, por más que no la vi bien – y si suena alguna alarma o aparece algún policía vas a tener que limpiar sesos y sangre durante muchos días.

El blindex que separaba al cajero de nosotros no pudo disimular la palidez del empleado bancario, quien, rápidamente pasó unos cuantos fajos de billetes por la hendidura que nos separaba.

- Aburrido, ponélos en esa bolsa que tenes – fue la orden que recibí.

De inmediato me hizo salir de la zona de cajas empujándome hacia el hall del banco donde las cincuenta y nueve personas se habían reducido a cincuenta y ocho, porque una había sido llamada a la caja dos.

Cuando me vio la jubilada hizo un gesto de desaprobación y comentó algo con quien estaba su lado, que meneo la cabeza mirándome fijamente.

Ya estábamos a pocos pasos de la puerta de salida, no podía creer que pudiéramos hacerlo sin que nadie nos detuviera, veía la Plaza Flores y la boca del subterráneo, personas que iban y venían totalmente ajenas a lo que estaba sucediendo.

Abrí la puerta sintiendo en mis riñones lo que se suponía era el arma de la joven que no había dejado en ningún momento de apuntarme, en ese mismo instante, entraron tres muchachos cubriendo sus rostros con cascos de motocicletas y a los gritos exigieron que todos se tiraran boca abajo.

Efectuaron algunos disparos y se generó una gran confusión, la de los ojos violetas me empujó hacia la calle, me quitó de las manos la bolsa que contenía los fajos de billetes y me guió a la boca del subte, me dio un beso en la mejilla y me dijo

-     Quedate tranquilo, los que están adentro van a cargar el fardo, vos tomate el subte haciéndote el boludo. Viste que fácil. La vida no está en los libros, aburrido.

Rodeado de curiosos vi llegar la policía, al poco tiempo los tres con cascos de motociclistas salían esposados, detrás de ellos el cajero de la caja seis, pasó por mi lado y me guiño un ojo.


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